Después de tres siglos de conquista española, la victoria latinoamericana en la lucha por la independencia, abrió las puertas a la vieja ambición de otros imperios. Por distintos métodos, pero persiguiendo iguales fines, Inglaterra desde mediados del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial y Estados Unidos a partir del ’45, “invadieron” desde el Río Bravo hasta Tierra del Fuego. Pero esta vez salvo excepciones, sin ejércitos. Multinacionales de todo tipo para marcar la dirección de la producción local, empresas de energía para capturar la riqueza del subsuelo, sucursales de los centros financieros de poder, para manejar el destino de la moneda y fundamentalmente, los gerentes locales de la dependencia, para asegurar que todo estaba en orden. Y cuando no alcanzó el dominio del capital para el control total, armaron golpes de Estado.
A lo largo de todo el siglo XX, los nuevos imperios hicieron pesar una condición tutelar, que fue mucho más fuerte que la presencia de tropas o la anexión territorial. El continente tuvo nuevos dueños y la dependencia se ejerció desde los códigos de la matriz patronal…
El concepto de «Patria grande», apareció y se desvaneció permanentemente del discurso político latinoamericano. Desde el golpe que terminó con Arbenz en Guatemala en 1954, el primero organizado por la CIA en este continente, cada vez que surgen voces antiemperialistas o mensajes que hablan de unidad continental, la interrupción constitucional comienza a cocinarse a fuego lento. El precio intentar soberanía, fue demasiado alto. El sueño de libertad, siempre se domesticó a sangre y fuego.
La revolución cubana, significó un baño de realismo mágico. De pronto se acortaron las distancias con las utopías. Hasta las democracias formales, las que siempre garantizaban muchas obligaciones y pocos derechos, comenzaban a impregnarse de este perfume y desde los gobiernos votados por el pueblo, de pronto se prometía igualdad e independencia.
El neoliberalismo bajó a América del Sur, cuando Milton Friedman (1912-2006) encontró en el golpe de Estado que terminó con el gobierno y la vida de Salvador Allende, las condiciones indispensables para radicar por un largo rato, la teoría económica que amasó desde finales de los ’60 en la Universidad de Chicago.
Friedman fue el gran enemigo de la teoría keynesiana. Sentenció que el pleno empleo y el consumo, eran los supremos aceleradores de la inflación. Fue el padre de las privatizaciones, fundamentalista del monetarismo y el libre mercado. Asesor de Ronald Reagan y Margaret Thatcher.
Los «Chicago Boys» hablaban de la muerte de la industria nacional; la destrucción de derechos políticos, laborales y sociales; la desnacionalización de los recursos estratégicos; la extranjerización del capital nacional y la deuda externa como única tabla de salvación. Medidas que por entonces, no eran aplicables en democracia.
Después de formarse en West Point y de comprar los métodos franceses de tortura y muerte, las dictaduras latinoamericanas se unieron para desarrollar un plan de extermino común: el Plan Cóndor.
Clásico en la cancha de Racing, con Héctor Cámpora, Allende y Dorticós

