La mejor definición sobre sus cualidades, apareció en un rechazo de solicitud de empleo, que la química ICI redactó sobre la por entonces Margaret Roberts: «Testaruda, obstinada y peligrosamente terca».
Thatcher ingresó a la política en 1959. Primero legisladora y luego integrante de dos gabinetes conservadores; hasta que en el 75, se convirtió en la titular del partido. Cuatro años después, por primera vez en la historia británica, una mujer llegó a jefa de Gobierno.
Hizo campaña montada en la crisis de empleo que creció en el «Invierno del descontento» 1978-1979 y convenció a millones de trabajadores de ir en contra de sus propios intereses, de la mano del eslogan «No hay alternativa». La candidata que decía que los impuestos progresivos constituían una discriminación a favor de los pobres, ganó con el voto que nació en las fábricas.
La primera ministra que por entonces tenía 54 años, conducía un espacio que se opuso al voto de la mujer durante décadas, mientras ella atacaba con munición gruesa al feminismo: «¿Qué han hecho los movimientos de liberación de la mujer por mí? Algunas nos liberamos, mucho antes que a ellas se les hubiera ocurrido pensar en ello».
Desarrolló un plan basado en recortes salvajes, flexibilización laboral y privatizaciones. Sus primeros tres años de ajuste, generaron resultados ruinosos, con números jamás experimentados desde el fin de la SGM. Desocupación del 13%, derrumbe de la producción electrónica y gran emigración de técnicos calificados a Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Thatcher dinamitó el estado de bienestar, cerró 20 minas de carbón estatales y expulsó a 20 mil trabajadores.
Antieuropea y enemiga de Alemania, fue abanderada de un neoliberalismo que buscaba dar lecciones planetarias. Junto a Reagan rejuvenecieron la eterna cooperación estratégica EEUU-Reino Unido y le marcaron la cancha a Occidente durante un cuarto de siglo, a través de un dogma que levantaron como doctrina global. La sociedad perfecta hizo triángulo en la vocación anticomunista de Juan Pablo II para terminar con la URSS.
La férrea política monetarista, destinada a bajar la inflación apelando a contener al máximo la emisión, más la ejecución de recortes millonarios del gasto público, inmovilizó el circuito económico y los números de Gran Bretaña nunca encontraron cura en el veneno neoliberal. Los hachazos proyectados en el presupuesto naval de junio del 81, prueban que en Londres entendieron imprescindible despojar a la abuela de algunas joyas. Si la recuperación de Malvinas se hubiera llevado a cabo a fines de 1982, los ingleses no hubieran contado con los dos portaaviones que envió al conflicto, porque los conservadores ya habían anunciado la jubilación del «Hermes» y el «Invencible», para bajar costos.
Los laboristas decían que la crisis 1981-1982, solo era comparable con la del 30. Pensando en los comicios del 84, la oposición planteaba la necesidad de crear 500 mil puestos de trabajo en un año, invirtiendo desde el Estado mil millones de libras (1.850 millones de dólares) en construcción y transporte y 3.500 millones de libras, en jubilaciones y capacitación laboral.
El 1 de marzo de 1981, los detenidos del IRA iniciaron una huelga de hambre buscando ser reconocidos como presos políticos. Poco después murió el parlamentario Frank Maguire y para ocupar su banca, en abril se llevaron a cabo nuevas elecciones en la circunscripción de Fermanagh y Tyrone Sur. Se impuso Robert Sands (IRA), que estaba preso en la cárcel de Maze y se convirtió en el miembro más joven del Parlamento Británico.
Sand murió a los 27 años en el hospital de la cárcel, tras poco más de dos meses en huelga de hambre. El 8 de julio luego de 61 días de ayuno, Joseph McDonnell fue la quinta muerte en medio de la protesta carcelaria. El pueblo se lanzó a la calle y se desató la represión. Un mes después los conflictos que abarcaban 12 ciudades, dejaron como saldo 27 muertos, más de 100 heridos y 350 detenidos. El 20 de agosto, murió el décimo ayunador irlandés y el 3 de octubre, se levantaron las huelgas de hambre en Irlanda.
En febrero de 1982, Milton Friedman sentenció que «las cosas están mal en Inglaterra, porque no se ajustó lo necesario. No se redujo la presión fiscal y el aparato estatal está intacto». En ese momento, la imagen positiva de la ministra, apenas superaba el 30%.
Al año siguiente y a pesar de haber logrado los peores datos en materia de empleo de la última década, consiguió un segundo mandato. La reparación del orgullo del viejo imperio con la victoria en Malvinas, se impuso al bolsillo y al desempleo.
El crimen de guerra contra el Crucero General Belgrano, dinamitó el plan de paz de la ONU y Thatcher aferró su futuro político a una victoria militar. Después del triunfo puso en marcha un plan de privatizaciones, con las ventas de British Gas, British Telecom, British Airports Authority y British Airways.
«Echamos al enemigo de las Falklands, pero siempre tenemos que estar pendientes del enemigo que está dentro, que es más difícil de combatir y más peligroso para la libertad», dijo Thatcher en la huelga de mineros de 1984.
En el 85 enfrentó a la reina oponiéndose a imponer sanciones al régimen racista del apartheid sudafricano. La victoria de 1987 estuvo ligada a un fuerte crecimiento económico, sin distribución de la riqueza; cuando el proceso de concentración casi feudal empezaba a agotarse. En el 90 su popularidad era tan baja y su oposición a la integración británica a la UE tan fuerte, que luego de negarse a reemplazar la libra por el euro, se sintió obligada a dimitir como líder del Partido Conservador. El 22 de noviembre, le informó su decisión de dejar el poder a Isabel II.
En 1998 Thatcher peleó por la libertad de Pinochet en Londres, detenido por orden de Baltasar Garzón. Mandó una carta al diario «The Times», en la que le agradecía haber salvado «vidas de británicos» en el 82.
Al quebrar en 2008 el sistema financiero que EEUU y Gran Bretaña impusieron en los 80, los dos grandes culpables estaban muy lejos. Con Reagan muerto y Thatcher retirada, casi nadie los sumó a la lista de los verdaderos responsables. El resultado de la «guerra santa» contra el Estado, terminó con la medida más «socialista» de la historia del capitalismo. Ante la «Crisis de las hipotecas», Bush rescató a los bancos con 700 mil millones de dólares.
Margaret murió en abril de 2013. El funeral se convirtió en su última batalla personal, cuando su familia vetó la asistencia a funcionarios argentinos.
Julio de 2026. Casi en simultáneo, en Buenos Aires el vocero intentaba cubrir al Milei del debate 2023, diciendo que el amor del presidente por la conservadora, solo estaba ligado a su condición de estadista; mientras el nuevo primer ministro británico Andy Burnham, prometía «sepultar para siempre el legado económico de Margaret Thatcher». Nunca hubo dos. La impulsora de una economía perversa, fue la misma que maquilló su fracaso con 649 muertes argentinas.

