Página 12: La historia de «Don Julián y su vieja máquina de escribir»

No es fácil imaginar médicos que se forman para jugar a favor de la muerte, ni científicos terraplanistas, químicos antivacunas o docentes que llegan al aula para ser cómplices del analfabetismo. Con la misma lógica, es muy complicado imaginar un abogado laboralista que opera en contra de los trabajadores; un tipo que labura de guía para los empresarios, indicándoles cuáles son los caminos liberados para estafar a sus obreros.

El cartelito que lo define de la manera más diplomática posible, dice «Consultor laboral de empresas». Ese es el histórico rol que juega Julián De Diego, como traidor del derecho que debe defender. Sin embargo, con su estudio representa a más de 50 cámaras en las que se nuclea el capital, entre ellas AmCham y a cerca de 1.500 firmas de primerísima línea. Fue uno de los principales asesores del Gobierno libertario en la reforma laboral mata derechos.
La estrategia discursiva del abogado, es tan infantil como efectiva para un sector de la sociedad argentina. De Diego defiende la necesidad de una ley nueva, porque los convenios de 1975 son viejos; pero en lugar de actualizarlos con espíritu progresivo, los reemplaza por usos y costumbres del siglo XIX.
Sobre los 51 años de estas leyes protectoras, dos cosas muy importantes. Primero, nunca lo escuché decir a Don Julián que la Ley de Entidades Financieras o la de Inversiones Extranjeras, paridas por la dictadura en el 77, tendrían que desaparecer por vetustas. Dos bandos militares, que dejaron a la Argentina en manos del poder financiero. No sería este pequeño detalle, un dato negativo a tener en cuenta para quien trabaja para el establishment, al contrario lo toma como una virtud. Dos privilegios del capital concentrado, que como sucede con los vinos, mejoran con el paso del tiempo.
En segundo lugar, hay que recordarle que Norberto Centeno y su equipo fueron víctimas del terrorismo de Estado en julio del 77, luego de haber redactado la Ley Nacional 20.744 de Contrato de Trabajo, que representó hasta Milei, la columna vertebral del ordenamiento laboral de la Argentina. Y quizás haya que recordarle a De Diego, que los 7 de julio se conmemora el Día del Abogado Laboralista, para recordar a sus colegas desaparecidos.
Por lo tanto, aquella ley no le molestaba por vieja al «poder real» que había impulsado el golpe de 1976. Le jodía por nueva, por existir, por bancar derechos que siempre recortan privilegios.
Molesta profundamente, la mentira del extraño laboralista a sueldo de los libertarios, cuando dice que «tenemos una ley de contrato de trabajo de 1975, donde la máquina más importante que teníamos era la máquina de escribir». Es extraño porque por ejemplo en 1974, aquella Argentina «medieval» ya contaba con una central nuclear y ese mismo año, el país registró los indicadores de actividad industrial y participación de los asalariados en la economía, más altos de toda su historia. En el 74, las tasas de desempleo (2,7%) y desigualdad (coeficiente de Gini de 0,35), fueron las más bajas de casi toda nuestra historia y la relación entre la deuda externa de 7 mil millones de dólares y el Producto Bruto Interno, era bajísima (10%).
Con el regreso de la industria nacional, después del menemismo más Alianza, el período 2003-2011, recuperó los niveles de producción y desarrollo, que la Argentina tenía hasta el golpe del 24 de marzo de 1976; cuando Martínez de Hoz llegó para cambiar especulación financiera por producción y regaló desocupación por estado de bienestar.
Don Julián, a esta altura del partido no se puede ser un intérprete tardío de la «publicidad de la silla». Plantear que la infraestructura productiva más sofisticada que conocía la Argentina a mediados de los 70 era una «máquina de escribir», es una pretensión demasiado osada, una imperdonable violación de la historia.
Ensanchemos la memoria y recordemos a aquel país industrial, que explotó generando toda la línea blanca. Una Argentina con ciencia y tecnología propia, que los liberales frenaron con 12 mil kilos de explosivos sobre Plaza de Mayo, el golpe de Estado, los fusilamientos del 56 y el ingreso al Fondo Monetario Internacional.
Existía Yacimientos Petrolíferos Fiscales desde comienzos de la década del 20. En los años 40, la fundación de SOMISA y ACINDAR. La inauguración en 1949 de un gasoducto de más de 1600 kilómetros, uno de los más largos del mundo en ese momento, uniendo la Patagonia con Buenos Aires. Fabricación nacional de tractores, autos y motos. Eran argentinos, el octavo avión a reacción del mundo y buques de ultramar. En 1951 el lanzamiento de la CM1, una locomotora diesel revolucionaria; la Empresa Líneas Marítimas Argentinas y Aerolíneas Argentinas.
En 1975, entre muchísimos datos de aquel presente manufacturero, éramos la industria automotriz más importante de América latina y exportábamos autopartes. Teníamos uno de los polos textiles más grandes del continente y una política de sustitución de importaciones que abastecía con fábricas a tres turnos, todas las necesidades del país, en materia de productos elaborados.
Don Julio, le pido que no repita esa estupidez de la máquina de escribir como el techo de nuestra tecnología en el 75; porque existió un país a pesar de la derecha. Y el ADN anglófilo de nuestra oligarquía, que luego mutó a pro yanqui, por supuesto que operó para el subdesarrollo eterno de la patria convertida en colonia.
Por último, debo reconocer que su sincericidio fue mucho más allá de lo que yo podía imaginar. Cuando le preguntaron si esta reforma laboral, iba a generar más trabajo, usted fue muy categórico: «No creo que modificando la legislación laboral habrá creación de puestos de trabajo registrado. No se generará trabajo, si no hay una etapa de crecimiento económico sustentable; no habrá inversiones ni generación de empleo».
Coincidimos Don Julio, el problema no son las leyes laborales, sino el plan económico. Matar a la industria nacional y al mercado interno, generan un desierto de recesión sin rentabilidad y sobre esos números se apoltrona la crisis programada.
Intentar bajar el costo empresario creando esclavos en el siglo XXI, con leyes de un país anteriores a la Ley de la silla o el descanso dominical, solo sirve para que el espíritu revanchista de los liberales, los haga sentir que son los dueños de la vida y de la muerte de sus asalariados.

La misma receta de la última dictadura, de Cavallo con Menem y De la Rúa y del macrismo borracho de cerveza artesanal, volverá a chocar contra la negación de generación de riqueza del neoliberalismo local. Y aunque le duela Don Julián, en eso el campo nacional y popular, puede dar clase…

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