Obligado: «Los argentinos no son empanadas, que se comen con solo abrir la boca»

En la Vuelta de Obligado el orgullo nacional, había derrotado a la prepotente invasión de la Revolución Industrial. Habían pasado 38 años, pero los recuerdos del 20 de noviembre de 1845 estababan vivos.
El almirante Sullivan, uno de los Comandantes de la fuerza invasora, se presentó al Consulado Argentino en Londres el 26 de octubre de 1883. El anciano antes de morir, necesitaba devolver una bandera argentina. Dejó un escrito que decía: “En la batalla de Obligado, un oficial que mandaba la batería principal, causó la admiración de los oficiales ingleses, por la manera con que animaba a sus hombres y los mantenía al pie de los cañones durante un fuerte fuego cruzado bajo. Por más de seis horas expuso su cuerpo. Por prisioneros heridos supimos después, que era el coronel Ramón Rodríguez del Regimiento de Patricios de Buenos Aires. Cuando los artilleros fueron muertos, hizo maniobrar los cañones con los soldados de infantería y él mismo ponía la puntería. Cuando el combate estuvo terminado, habían perdido 500 hombres entre muertos y heridos, de los 800 que él comandaba.
Cuando nuestras fuerzas desembarcaron a la tarde y tomaron la batería, con los restos de su escuadrón se puso a retaguardia, defendiéndola con bayonetas. La bandera de la batería fue arriada por uno de los hombres de mi mando y me fue dada por el oficial inglés de mayor rango. Cayó sobre algunos cuerpos y fue manchada con su sangre.
Quiero restituir al Coronel Ramón Rodríguez si vive, o sino al Regimiento de Patricios de Buenos Aires si aún existe, la bandera bajo la cual y en noble defensa de su Patria, cayeran tantos de los que en aquella época lo componían. Si el Coronel Rodríguez ha muerto y si el Regimiento de Patricios no existe, yo pediría que cualquiera de los miembros sobrevivientes de su familia, la acepten en recuerdo suyo y de las muy bravas conductas de él, de sus oficiales y de sus soldados en Obligado. Los que luchamos contra él y habíamos presenciado su abnegación y bravura tuvimos grande y sincero placer, al saber que habían salido ileso hasta el fin de la acción”. Firmado, Almirante Sullivan.

«La infancia de la Patria jugará todavía más allá de tu muerte. Lo aprendí hace mucho porque la Patria es joven y su edad no madura y somos un pueblo de recién venidos. La infancia de la Patria se prolongará más allá de tus fuegos y de mi cenizas». Marechal nos decía que esta pelea entre el modelo de país y el proyecto de colonia, seguramente iba a ser tan larga, que alguna vez se olvidaría de nosotros.
Hace 215 años que Argentina espera una sentencia. Pensamiento nacional como paradigma indestructible o los nuevos representantes de los viejos imperios.
Proyecto de país pensado con filosofía criolla, para enfrentar al invasor. Camino obligado para pensar sin «complejo de inferioridad», nuestro rol en la discusión política universal. Soberanía para terminar con geografía ocupada, identidad domesticada, cultura subordinada y lenguas prohibidas. Para acabar con riquezas saqueadas y seres esclavizados.

Después, la segunda mitad de nuestro siglo XIX se moldeó entre la derrota de Rosas en Caseros (1852) y el regalo de Urquiza a Mitre en Pavón, nueve años después. Aquel espíritu de la derrota militar convertida en triunfo político de La Vuelta de Obligado, por entonces era un alma en pena que vagaba sin destino por el Paraná.
1853. El resultado fue la segunda conquista, la que hicieron los nuestros en sociedad con los de afuera, los que siempre nos necesitaron débiles. Apareció una Constitución liberal, redactada por el federalismo más unitario posible. El plan de todos los imperios que la desearon, nunca se fue del puerto de Buenos Aires y aún sigue vivo.

    Pero como ni las victorias, ni las derrotas son eternas, el pueblo siempre volvió para poner las cosas en su lugar y el enemigo nunca abandonó el sueño de domesticarnos.
    Dos cosas más. Nunca fue fácil y la pelea por la soberanía sigue viva. 20 de noviembre de 1845, las cadenas de Mansilla para intentar sin suerte detener a la potente escuadra anglo-francesa de 110 naves, 90 de guerra y 20 mercantes. El valor de los que no midieron que esa mañana, la muerte estaba demasiado cerca.
    Y como dice el «Triunfo», los gringos navegaron tantos mares al cuete, porque como entonces sentenció San Martín, «los argentinos no somos empanadas que se comen, solo con abrir la boca». Que así sea…