Es cierto, no todos son iguales. Hay excepciones que escaparon de una regla argento bicentenaria y a pesar de su insensibilidad y desprecio por la democracia, tienen una mirada mucho más periférica de la realidad. Sin embargo la gran mayoría de la derecha local, nunca argentina, imagina vivir en un país chiquitito aún sabiendo que es muchísimo más grande que sus minúsculos intereses.
Sueñan con habitar un lugar domesticado y controlable, aunque la historia documenta las erupciones tan revolucionarias como intermitentes de los nadies. Esas rebeliones que los uniformes controlan a palazos y los civiles achican con deuda y desocupación; pero que nunca desaparecen. No entienden que la marea vuelve a pesar de las bombas y los fusilamientos, de los compañeros muertos y los desaparecidos. Y no pueden decir que nadie les avisó, porque nada más y nada menos que Jorge Luis les dijo alguna vez, que hay una porción de la población que no tiene cura, que es «incorregible» por mandato de su ADN.
Lo que desconocen del otro lo niegan, las ideas que confrontan con las propias las reprimen, los fenómenos sociales que nunca protagonizaron los demonizan. Una abrumadora mayoría de los liberales o como tengan ganas de llamar en 2026 a los adoradores del proyecto de colonia, no tiene contacto con la realidad. Viven en una comarca geográfica, con límites y leyes propias y esas mismas fronteras imaginarias, encojen su mundo intelectual. ¿Por qué dicen que Dios murió dos veces, cuando recuerdan que no está Maradona?
Al escuchar a algunos voceros de esta minoría odiadora y cruel ante la muerte del Indio, apareció el espíritu de aquello de Victoria Ocampo: «En Europa éramos exiliados argentinos y en Argentina éramos exiliados europeos». Su sorpresa por multitudes que jamás los acompañarán en su proyecto virreinal, generó la repetición de voces que escuchamos por ejemplo, cuando murió Néstor: «Y toda esta gente, ¿adónde estaba, de dónde salieron?».
No entendían de qué cueva aparecían los centenares de miles que hablaban del poeta como «familia», que lo mostraban como un símbolo de amor. Se preguntan sin encontrar respuesta, por qué esos desconocidos decían que una estrofa de una canción los había sacado alguna vez del pozo o les dieron identidad política. ¿Cuál era el sentido de llegar a Villa Domínico desde lugares tan lejanos, padres con sus hijos y abuelos con sus nietos?
Ese hombrecito de envase frágil, cuando gritaba que «todo preso es político» o «violencia es mentir», se convertía en un gigante inexplicable para hombres y mujeres del country o de la Bolsa de Comercio. Una voz que hablaba de justicia, libertad, dolor, esperanza, odio, rebelión, enemigos, traidores, explotación, imperialismo, mediocres, fanáticos, héroes, santos y mártires.
El pueblo lloró al dueño de las palabras prohibidas y como parte de esa ceremonia pagana, jamás olvidaré a un albañil de Chingolo, que dijo como resumen de lo que ellos nunca entenderán: «Nos dió el amor que nos niega el patrón».
Los feligreses de la «mano dura», no entienden por qué no hubo violencia; cómo un millón de personas se organiza en el dolor sin desbordes. Esperaban a la barbarie en su máxima expresión, a mandriles, a ratas y apareció del subsuelo de patria sublevado, toda la paz que a ellos les falta.
Los comunicadores del poder usaron la palabra «fanáticos» y no la esgrimieron para hablar de un desborde de amor; sino para calificar de irracionales a los que armaron una misa anti-Milei, gritaron «Viva Perón carajo» y pidieron por «Cristina libre».
Y esa mala junta de letras malditas, me llevó a la Evita del final en «Mi Mensaje»: «El fanatismo es la única fuerza que Dios le dejó al corazón, para ganar sus batallas. Es la gran fuerza de los pueblos: la única que no poseen sus enemigos, porque ellos han suprimido del mundo todo lo que suene a corazón. Por eso los venceremos, porque aunque tengan dinero, privilegios, jerarquías, poder y riquezas, nunca podrán ser fanáticos, porque no tienen corazón. Nosotros sí. Ellos no pueden ser idealistas, porque las ideas tienen su raíz en la inteligencia, pero los ideales tienen su pedestal en el corazón».
El Indio no se convirtió en leyenda con su muerte, lo fue en vida. Casi medio siglo arriba del escenario, explican la despedida a un tipo que el «poder real», mostró durante años como sinónimo de todo lo que no era. Durante horas y horas, hicieron la cola para despedirlo, adultos que recordaban como adolescentes, escapándose de casa con excusas dignas de una rateada colectiva, para hacer kilómetros solo para escucharlo.
Nunca entendieron qué pasa debajo de sus privilegios. Así gobiernan, así condenan al hambre y a la marginalidad, a los que creen descarte de la sociedad que odian. Estos días fueron una metáfora perfecta, de una pelea eterna.
Tres cosas para el final. Recordé que alguna vez dando un par de charlas con Rudy, cuando hablé de «grieta» el puntualizó que en la Argentina nunca hubo grieta, porque ese todo nunca estuvo unido.
También, dos frases a las que apelé para describir hace casi seis años que sentíamos con la muerte de Diego: «Cuando el pueblo llora, que nadie pregunte nada» (González Tuñón ante la muerte de Gardel) y «La noticia tardará en volverse tolerable» (Rodolfo Walsh y la muerte de Perón).
Y la mejor síntesis para los que negaron velarlo en el Congreso, fue una del Profe Signorini, cuando Adorni lo negó a Diego, aquel «Día del Zurdo»: «De algunos vamos a olvidar su nombre, en el trayecto del velorio al cementerio».
PD: Te entiendo Javo, lo del fin de semana es la distancia exacta que existe entre un ídolo y un «rock star» de cartón.

