Los operadores del «sentido común», nos quieren convencer que solo se gana con el cerebro, mientras nos dicen al oído, que la militancia es un “animalito” sin razón. Pero hasta ahora, informo a propios y extraños, que la demonizada política sanguínea, ganó la guerra por la independencia, consiguió el voto universal y secreto, creó la primera petrolera estatal del mundo, proyectó la industria nacional, desarrolló ciencia y tecnología, echó a volar aviones supersónicos, navegó en buques de ultramar, redactó derechos laborales inimaginables, distribuyó la riqueza, fue techo, universidad gratuita…
Suceda que a veces el pragmatismo es una máscara para contrabandear la instalación de la derecha en los partidos populares y ante esa trampa es lógico que la primera reacción frente a ciertos anuncios, sea en defensa propia.
La síntesis de ambos planetas tan lejanos como civilización y barbarie, da como resultado un raro jugador de ajedrez que ante una movida clave, se cuelga del alambrado y se besa el escudo de la camiseta.
Generalmente todas las alianzas (políticas, sindicales o las que se establecen en una reunión de consorcio), tienen dos tipos de ingredientes. Uno promueve un frentismo duro con los más cercanos y el otro opera con los más lejanos, en modo táctico y estratégico. Los dos son fundamentales para algunos triunfos, pero siempre es indispensable que los protagonistas que representan a esa suma de las partes, tengan un mismo objetivo. Si las discusiones hacen centro en el cómo, el camino, la velocidad, etc., etc., y nadie saca los pies del plato, el motivo de la juntada está manos o menos a salvo.
A unos los cercanos los une la historia y el presente y con los que alguna vez te enojaste porque le hablaron mal de vos a los vecinos, nos conecta el diálogo.
A partir de la unidad, la gran pregunta, ¿es quién conduce? Porque la amplitud recién parida nos junta, es generosa, hace pocas preguntas e intenta no incomodar. Pero cuando hay que elegir a los pilotos de tormenta, vamos por lo seguro y a veces ni siquiera alcanza con que el que consideramos el más experto, nos derive a uno de confianza.
Por ahora, Massa-Rossi sintetizan el primer «para qué». Un acuerdo electoral para que no vuelva la derecha y el pueblo tenga una nueva oportunidad después de la pandemia, la guerra, la sequía y un montón de innecesarios tiros en el pie. Una “juntada” que para algunos es un dato mayúsculo e imprescindible, porque sintetiza la unidad para enfrentar a la derecha y que para otros, en el primer minuto del nuevo partido, suena a renuncia o resignación.

