«Las aguas bajan turbias»: Volver a sembrar y cosechar sin leyes

Alfredo Varela en su novela «El río oscuro», denunció las condiciones infrahumanas de los mensú en los yerbatales del Alto Paraná. A los que alzaban la voz, los esperaba la muerte. La sangre obrera teñía de rojo al gran río, de las aguas que bajaban turbias.
La leyenda de «El familiar» se encargaba de justificar las ejecuciones de los zafreros, a manos de ese embajador del demonio con formato de perro-lobo. El pacto del patrón con el diablo, fue la respuesta popular durante generaciones, para intentar comprender la suerte de todo aquel que intentara escapar del infierno.


«La Forestal» inglesa en 1920, del brazo de la Gendarmería y la Legión Patriótica, mató a 600 hacheros que reclamaban dignidad en Villa Ana y Villa Guillermina. Para los sobrevivientes, hubo un menú macabro de torturas, violaciones y quema de viviendas.
El asesinato en marzo del 40 del caudillo yrigoyenista Rogelio Lamazón, fue el último aviso del imperio del tanino que se fue de Santa Fe a principios de los 60, después de dejar la tierra yerma.
Los 1.400 fusilamientos de la Patagonia en 1922, por pedir un botiquín en inglés-castellano, mantas y velas; llevó la firma del teniente coronel Varela y de la Sociedad Rural de Santa Cruz.
En cada punto de aquella Argentina sin leyes laborales, donde reinaba el látigo, la humillación y el pago con vales, la muerte tenía una «explicación» regional. El vía crucis que padecían los seres humanos en la inmensidad de siembra y cosecha, era procesado casi como un destino irreversible. Las primeras organizaciones anarquistas y socialistas, comenzaron a organizar la pelea a finales del siglo XIX. La represión y la Ley de Residencia de Miguel Cané, fueron las respuestas para intentar domar a la sindicalización.
La terminación a mano de aquella postal de época, fue obra del estanciero Carlos Rodríguez Larreta, primero canciller de Quintana y luego ministro del Interior de Figueroa Alcorta; un ferviente enemigo de la Ley Sáenz Peña: «Siempre dirigí a mi peón, pero el voto secreto lo independizó, lo privó de una influencia saludable y legítima».
La historia había comenzado con la Conquista al Desierto. El Congreso sancionó en octubre de 1878, la ley enviada por Avellaneda, autorizando unos 1.600.000 pesos para sostener los gastos de la ocupación de 14 mil leguas cuadradas. La Sociedad Rural Argentina que lideraba José Martínez de Hoz, el bisabuelo del ministro de Economía de Videla, financió parte de la campaña con bonos de cuatro pesos por hectárea; para recibir 2,5 millones de hectáreas por los servicios prestados.
El asesinato de 15 mil originarios y la esclavitud para otros 17 mil, desalojó a los habitantes naturales de las tierras robadas, para posibilitar el nacimiento de los nuevos terratenientes y la consolidación de los veteranos.
«Destruyamos moralmente a esta raza. Aniquilemos su organización política, que desaparezca su orden de tribus y si es necesario divídase la familia. Quebrados y dispersos, acabarán por abrazar la causa de la civilización», dijo el Gral. Roca cuando comenzó a escalar sobre cadáveres indios, su llegada a la presidencia de la Nación.
Los Anchorena, Luro, Pereyra Iraola y Alzaga Unzué, lideraban las familias que se dividían entre el lujo de los palacetes porteños y sus estancias interminables en la pampa profunda. Mejor que nadie, los definió Victoria Ocampo mirándose al espejo, a principios del siglo XX: «En Europa éramos exiliados argentinos y en Argentina éramos exiliados europeos».
Con el golpe de 1930, nació «La década infame» fruto del «fraude patriótico». En el 42 la oligarquía eligió en la Cámara de Comercio Argentino Británica al azucarero salteño Robustiano Patrón Costas, como el nuevo emperador. Sus sueños murieron con la aparición en escena de Juan Domingo Perón, primero con el Grupo de Oficiales Unidos que cortó la zaga de los presidentes bendecidos por Londres y luego, desde la Secretaría de Trabajo y Previsión.
En octubre de 1944 nacieron los 29 artículos del decreto 26.169, el primer «Estatuto del Peón de Campo». El general memorioso de Puerta de Hierro, ante las cámaras de Pino Solanas y Getino, habló del jaque al poder que inauguró el duelo con la oligarquía: «Había regiones donde los peones ganaban 12 pesos por mes y ese sueldo no les alcanzaba ni para los cigarrillos. Andaban harapientos y miserables. Obligamos a pagar sueldos dignos”.
El Estatuto establecía “descanso de 30 minutos para desayunar, una hora para el almuerzo entre mayo y noviembre, tres horas y media durante el verano y 30 minutos para la colación de la tarde. Descanso dominical obligatorio, con guardias periódicas y alternadas, para trabajos absolutamente urgentes. Prestaciones de alojamiento y alimentación a cargo del patrón, en condiciones de abundancia e higiene adecuadas, sin que las habitaciones puedan ser utilizadas como depósitos.
Los obreros que trabajan a la intemperie, deberán ser provistos por cuenta del empresario, de trajes y calzado adecuado. Ordeñe bajo tinglado y al amparo del viento. Asistencia médica y farmacéutica a cargo del patrón, como complementaria del salario. Los obreros con antigüedad superior a un año, no podrán ser despedidos sin causa justa”.
La respuesta de Patrón Costas, sigue siendo una estatua del antiperonsimo: “Lo que yo nunca le voy a perdonar a Perón, es que durante su gobierno y luego también, el negrito que venía a pelear por su salario se atrevía a mirarnos a los ojos. ¡Ya no pedía. Discutía!”.

La reforma laboral revanchista de Milei, sueña con regresar a los tiempos en los que el patrón era el dueño de la vida y de la muerte de sus trabajadores. Un intento más, 81 años después de la primera ley que puso justicia en el campo.
El 10 de diciembre pasado, la misma Rural del golpe del 76, la que insultó a Alfonsín y fue destituyente con la 125, presentó formalmente su aporte a la flexibilización. Plantearon que sin ellos «la propuesta quedaría incompleta» y la oligarquía de tierra adentro, perdería «la oportunidad de alinearse» con el resto de la «economía laboral». A la justificación de la pérdida de derechos obreros, la ocultaron prolijamente detrás de una cínica explicación que habló de «una actividad con ritmos propios, costos específicos y desafíos regionales que requieren reglas diferenciadas. Ciclos climáticos, estacionalidad y diversidad geográfica, crean un escenario donde la contratación, la previsibilidad y la seguridad social, deben contemplar particularidades que no caben en un marco urbano».
Metafóricamente sueñan con que las aguas vuelvan a bajar turbias y esperan que regrese el perro familiar; para que ningún trabajador los vuelve a mirar a los ojos. Recitan de «La vuelta de Martín Fierro», aquello de «obedezca el que obedece y será bueno el que manda».