A fines de noviembre de 2017 un Tribunal Federal condenó a cadena perpetua a Alfredo Astiz, el exoficial de la Armada Argentina conocido como el “Angel Rubio” o el “Angel de la muerte”. La condena formó parte de una megacausa encabezada por el juez federal Sergio Torres, encargado de investigar todas las atrocidades cometidas, en uno de los más siniestros centros clandestinos de detención, tortura y muerte de la dictadura, ubicada en la Escuela de Mecánica de la Armada.
Astiz fue uno de los 29 condenados por cometer delitos de lesa humanidad, sobre un total de 54 imputados. Torres pudo reactivar esta causa, después que en junio de 2005, la Corte Suprema de Justicia, declarara nula las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, que impedían el juzgamiento de delitos considerados de lesa humanidad, ocurridos en los años dictadura cívico militar, entre 1976 y 1983.
En diciembre de 2005, el juez procesó a Alfredo Astiz junto a otros nueve represores por el secuestro del periodista y escritor Rodolfo Walsh. Los demás imputados fueron los ex marinos Jorge Acosta, Jorge Rádice, Juan Carlos Rolón, Antonio Pernías, Pablo García Velasco, el ex mayor Julio César Coronel, el ex prefecto Héctor Febres, el ex policía Ernesto Weber y el ex penitenciario Carlos Generoso.
El juez acreditó que cada uno de ellos cumplía un rol específico en el grupo de tareas, que el 25 de marzo de 1977 emboscó a Rodolfo Walsh en la esquina porteña de San Juan y Entre Ríos y que en la madrugada del día siguiente, se encargaron de saquear la casa del periodista de la localidad de San Vicente.
Rodolfo Walsh fue baleado en plena calle cuando se disponía repartir entre varios contactos, su célebre «Carta abierta a la Junta Militar», presentada por el mismo en Casa Rosada. En aquel célebre escrito, denunció el siniestro plan de la dictadura.
Walsh tenía 50 años cuando desapareció. Integró la conducción de la Inteligencia de Montoneros y durante la dictadura fundó la Agencia Clandestina de Noticias (ANCLA). En su casa de San Vicente le robaron desde muebles y un Fiat 600, hasta cuentos inéditos y documentos de su actividad política.
Rodolfo Walsh es considerado el padre del periodismo de investigación, título que se le reconoce por los muchos artículos y libros que editó con relatos pormenorizados de distintos hechos, cuyas características permanecían en la oscuridad hasta la publicación de sus investigaciones.
Una de sus más reconocidas fue “Operación Masacre”, relacionada con los fusilamientos de 1956 a militantes peronistas en un basural de José León Suarez a manos de la dictadura que derrocó a Perón un año antes.
Se desconoce si Rodolfo Walsh llegó con vida a la ESMA después del tiroteo que tuvo con el grupo comando que lo interceptó, el 25 de marzo de 1977. Varios testigos, manifestaron haber visto el cuerpo sin vida de Walsh.
El juez Torres dijo que en este caso existió «un plan delineado, mediante el cual se había acordado la captura de Rodolfo Walsh para concretar su traslado a la ESMA, con el objeto de obtener a través de cualquier medio, la información que pudiera conocer de otros integrantes de Montoneros». También agregó que este secuestro, sólo fue «un eslabón más, de una larga cadena de ilícitos» cometidos por el grupo de tareas.
27 de enero de 1977. Dos meses antes de la cacería que terminó con la vida de Walsh, Astiz encabezó el operativo en el que fue herida y secuestrada en El Palomar, la adolescente de origen sueco, nacida en Buenos Aires, Dagmar Hagelin.
Tenía 17 años y era alumna del Liceo de Señoritas de Callao y Corrientes. Había ido a visitar a una amiga en la calle Sargento Cabral 317.
A Dagmar, Astiz la confundió con María Antonia Berger, una de los tres sobrevivientes de los fusilamientos de Trelew. Berger cayó en un enfrentamiento con efectivos de la Marina en Munro, a mediados de octubre del ’79.
Las causas por delitos de violaciones a los derechos humanos contra Alfredo Astiz se multiplicaron. También en 2005, el juez Torres lo llamó a indagatoria por la responsabilidad que le cabía en los secuestros y torturas aplicadas a cuatro detenidos en la Escuela de Mecánica de la Armada: Ricardo Héctor Coquet, María Inés Imaz de Allende, Alfredo Julio Margari y María Eva Bernst de Hansen.
El “Angel de la muerte” también fue procesado por la desaparición de la fundadora de Madres de Plaza de Mayo, Azucena Villaflor y las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet, primas de sangre y hermanas en la misma congregación de una orden francesa de Toulusse. Junto a Alice Dumont y Leonie Duquet, también estaba otra monja francesa, Ivon Pierrot.
Ivon estuvo con Alice en Perrugorría, en la provincia de Corrientes. De allí se tuvieron que ir, corridas por las continuas amenazas de muerte que recibían. Sus actividades solidarias eran consideradas subversivas. Vinieron a Buenos Aires y se reencontraron con Leoniel.
En los pasillos de las parroquias se toparon con mujeres que buscaban a sus hijos desaparecidos. Así conocieron a la fundadora de Madres de Plaza de Mayo, Azucena Villaflor.
Comenzaron a escribir cartas y comunicados, buscando información de las personas buscadas. Las religiosas se sumaron a las Madres en sus peregrinajes por los despachos oficiales y a las rondas en la Plaza.
Alice fue quien tuvo la idea de publicar los nombres de los desaparecidos con solicitadas en los diarios. Para financiar la propuesta, decidió hacer una colecta en diferentes parroquias.
Como relató el abogado Horacio Méndez Carreras, a mediados de junio de 1977, Astiz con el nombre de Gustavo Niño, junto a una mujer rubia que la hizo pasar por su hermana, se infiltró en el grupo.
La joven era Silvia Labayru, que permanecía desaparecida en la ESMA y era obligada a realizar trabajo forzado para sus represores.
Alice Dumont se encariñó con Astiz y su supuesta hermana. Ellos habían contado una historia desgarradora, para ganar la confianza del grupo. Relataron que sus padres habían sido secuestrados y pedían ayuda para encontrarlos. Un relato falso, una idea perversa.
El 6 de octubre de 1977 las tres monjas francesas, Astiz y su supuesta hermana, participaron junto a las Madres de la ronda alrededor de la Pirámide de Mayo.
Hubo mucha gente en aquella marcha, demasiada para lo que podían soportar las autoridades. La policía reprimió la protesta y muchas madres fueron.
El 8 de diciembre de 1977 el grupo de tareas de la ESMA comenzó una serie de cuatro operativos que incluyó el secuestro de las personas que armaron la solicitada y juntaron el dinero necesario en la Iglesia de la Santa Cruz.
Fueron realizados entre el 8 y el 10 de diciembre. Cuatro objetivos. Primero el secuestro de un grupo reunido en la Iglesia de Santa Cruz.
Luego levantaron a los concurrentes a una cita establecida en un bar de la esquina de Av. Belgrano y Paseo Colón y en tercer lugar, el secuestro de Azucena Villaflor de Vicenti, fundadora de Madres de Plaza de Mayo, a la salida de su domicilio
Por último el secuestro de Leonie Duquet, en el mismo domicilio que compartía con Alice Domon, a la que habían chupado anteriormente en el barrio de La Boca.
Después de haber estado, bajo el nombre de Gustavo Niño, siete meses infiltrado entre las Madres, Astiz se puso al frente de ese operativo. Marcó con un beso en la mejilla, a cada víctima que sería chupada por el grupo comando. El “beso de Judas”, como lo bautizaron las Madres de Plaza de Mayo.
En los cuatro operativos fueron secuestradas las Madres, Azucena Villaflor, María Ponce de Bianco y Esther Ballestrino de Careaga. También Angela Aguad, cuyo esposo estaba detenido a disposición del Poder Ejecutivo desde el año anterior en Chaco; Remo Berardo, cuyo hermano Amado había sido capturado en julio de 1977 y Julio Fondevila, que buscaba a su hijo desde abril.
La lista de secuestros se completó con Patricia Oviedo de 24 años, que buscaba a su hermano Pedro desde hacía un año. Horacio Elbert, que tenía 28 años, Raquel Bulit y Daniel Horane que militaban en Vanguardia Comunista y se habían sumado al grupo y las monjas francesas Leonie Duquet y Alice Domon. Todos fueron llevados a la ESMA.
La reconstrucción de los últimos días de las monjas francesas y Azucena Villaflor se realizó por el aporte de otros detenidos en la ESMA que sobrevivieron. Según atestiguaron Graciela Daleo y Alberto Girando, fueron vistas cuando eran trasladadas desde las celdas a las salas de torturas. En esas condiciones, sobrevivieron siete días.
Lionie Duquet fue arrojada al mar desde un avión en diciembre de 1977 y su cuerpo apareció en las playas de Santa Teresita, junto a otros que había sido arrojados en el mismo vuelo de la muerte que abordó la monja francesa.
A fines de del mes pasado, se conoció un eslabón más de aquella siniestra saga que protagonizó Astiz, bajo el nombre de Gustavo Niño. La periodista Luciana Bertoia en Página 12, reconstruyó la historia de una mujer conocida como «Isabelita», que integró el Cuerpo de Informaciones de la Policía Federal durante la dictadura.
«Isabelita» se infiltró entre familiares de detenidos-desaparecidos para sacarles información cargando sospechas por su presunta responsabilidad en los secuestros de la Iglesia de la Santa Cruz. Esta mujer, ya en democracia, continuó realizando tareas de espionaje sobre organizaciones políticas y en 1997 llegó a ser una de las responsables de la Escuela Federal de Inteligencia.
Ante los reclamos del gobierno y la justicia de Francia, a mediados de 1978, Tomas de Anchorena, embajador de la dictadura militar en Francia, declaró que las dos monjas francesas estaban vinculadas a la subversión. “Las personas desaparecen en la argentina por diversos motivos – señaló Anchorena – incluso por errores de esta guerra contra el terrorismo. Además hay gente y organizaciones que quieren hacer su propia justicia por lo que resulta difícil establecer un control“.
Alfredo Astiz fue juzgado, en ausencia, en Francia y condenado en 1990 a cadena perpetua. La justicia francesa tiene pedida su captura internacional. En 1994 el canciller francés Alain Juppe visitó Buenos Aires y sacudió al gobierno de Menem con una frase que marcó distancias. “Francia no olvida” dijó Juppe reclamando una respuesta por el pedido de extradición de Astiz. Tres años más tarde el Primer Ministro de Francia, Jacques Chirac, llamaría “asesino” al exmarino.
Francia no fue el único país que desarrollo causas judiciales contra Astiz. En julio de 1999 la justicia italiana lo procesó responsabilizándolo de la desaparición de ciudadanos italianos. Entre ellos Susana Pegoraro que estaba embarazada cuando la secuestro un grupo de tareas de la Esma.
Por esta causa, la jueza Servini de Cubría pidió su captura. Astiz se presentó en tribunales y quedó detenido con pedido de extradición que finalmente no prosperó por las condenas que debe purgar en nuestro país.
A fines del 2001 hubo otro reclamo internacional. Un pedido de la justicia sueca, derivó en la detención de Alfredo Astiz que estaba en Mar del Plata. Suecia lo acusa de la desaparición de una joven sueca en 1977, Dagmar Hagelin.
En democracia, Alfredo Astiz, experimentó el repudio de un sector de la sociedad. En septiembre de 1995, Alfredo Chávez, sobreviviente del campo de concentración el Vesubio, lo reconoció a la salida del hotel de la Armada, “Islas Malvinas” en Bariloche y lo trompeó.
Una escena similar se repitió tiempo después, en una esquina del partido de Vicente López. Astiz fue golpeado por un joven que lo reconoció. El repudio a lo que representa su figura se siguió manifestando en varias ocasiones más, debiéndose retirar de restaurantes y locales públicos hostigado por el público.
Astiz fue pasado a retiro tras seis meses de licencia, recién en septiembre de 1996. Hasta entonces, seguía conservando su rango militar y cobrando su salario.
En mayo de 1998, fue procesado por apología del delito a raíz de las declaraciones que realizó en la revista “Tres Puntos”. En aquel reportaje, realizado por la actual vocera presidencial Gabriela Cerruti, había asegurado que estaba preparado para matar políticos y periodistas. Lo dijo cargando sobre sus espaldas, la cobardía de haberse rendido ante los ingleses en 1982, sin tirar un solo tiro en las Georgias.
Cuando Astiz fue detenido por Gran Bretaña, Suecia y Francia pidieron su extradición para juzgarlo por delitos de lesa humanidad. Pero Londres invocó la Convención de Ginebra y lo devolvió a la Argentina.
Por aquellas declaraciones a “Tres Puntos”, el marino experto en cazar a hombres y mujeres en tierra firme, fue condenado a tres meses de prisión en suspenso. Aunque parezca extraño, Astiz recibió su primera condena en la Argentina por lo que dijo y no por los crímenes que cometió…
A fin de noviembre de 2017, tras cinco años de audiencias, el Tribunal Oral Federal 5 anunció su decisión de condenar a Alfredo Astiz a reclusión perpetua junto a Jorge Eduardo «Tigre» Acosta, excapitán de Fragata, exjefe de Inteligencia y responsable de los Grupos de Tareas de la ESMA.
Astiz hoy está preso en el pabellón de lesa humanidad, de la cárcel de Ezeiza. Representa una síntesis de la época más aberrante de nuestro país, generada por el terrorismo de Estado. Se transformó en un emblema del lado oscuro del alma, símbolo de un sector minoritario de nuestra sociedad que vive entre nosotros.

