El 12 de diciembre de 1944 el coronel Perón se reunió con cinco hombres del “Círculo rojo” en la mansión de Mauro Herlitzka, directivo de Sofina, un holding que pertenecía a la Compañía Hispano Americana de Electricidad (Chade). La intención de los representantes del poder real era saber qué futuro tenían en mente los militares que habían terminado con la Década infame en junio del 43. Cuando le preguntaron a Perón cuál era la diferencia sustancial entre el proyecto anglófilo del “fraude patriótico” y el modelo de los oficiales, apareció el gran resultado del Consejo Nacional de Posguerra.
En ese espacio de planificación en el que debatían militares industrialistas y una incipiente burguesía nacional a lo Miranda, se soñó con un país de acero: “Nosotros contamos con un plan de industrialización y eso es lo que precisamente les pica a nuestros amigos del norte; incluso a algunos dentro de nuestro propio territorio que están acostumbrados a rendirle pleitesía al extranjero, denostando lo criollo. Nuestro plan consiste en crear una industria nacional, pero no cualquier industria, me refiero a la siderurgia, a crear una flota marítima propia e incluso un sistema de transporte nacional que responda a nuestros planes y no a los intereses de industrias extranjeras”. La respuesta del establishment fue un coro de carcajadas.
La negativa de los hombres que representaban al modelo de colonia se dividía entre los que vivían muy bien de su asalariado servilismo a la dependencia y los que culturalmente estaban convencidos de haber nacido para obedecer. En la vereda de enfrente, próceres como Enrique Mosconi, promotor de la producción nacional de petróleo y combustibles; Manuel Savio, padre de la siderurgia nacional y Francisco de Arteaga, pionero en la producción local de aeronaves.
En la Fábrica Militar de Aviones de Córdoba creada por los radicales en 1927, nacieron en la década del 40 dos máquinas bautizadas en lengua mapuche. Primero El Calquín (“Aguila grande”), un bimotor de ataque y bombardeo que voló por primera vez el 5 de junio de 1946. Y un año después el Pulqui (“Flecha”), unidad a reacción que fue la primera de este tipo diseñada y fabricada en Latinoamérica y la octava en todo el planeta.
Perón convocó en 1950 a los representantes de las automotrices extranjeras que vendían en la Argentina para impulsar la producción en el país. Ford había llegado en 1913, General Motors en 1925 y Chrysler en 1932. Las tres rechazaron las propuestas del Presidente, argumentando que carecíamos de la capacidad técnica necesaria.
Casi en paralelo con esa historia, el IAPI importó más de 2.300 tractores Empire. Llegaron a muy bajo precio, hechos con material de los Jeep de la Segunda Guerra, pero con un insalvable error de diseño. Cuando se les colocaba el arado, perdían totalmente la estabilidad. Las unidades fueron retiradas del mercado y enviadas a depósito, pero de ese pésimo negocio nació el producto fundacional de la industria pesada argentina.
Perón le pidió al Brigadier San Martín, a cargo de la Fábrica de Aviones, que los motores de los Empire fueran utilizados para construir un vehículo de carga nacional. San Martín dejó el proyecto en manos del ingeniero Juan Gómez, un pibe 28 años, que lideró la epopeya. Durante 67 días el equipo de Gómez trabajó en un utilitario confiable, noble, simple y fuerte. Un vehículo pensado para el campo argentino.
En el Obelisco y en el marco de un acto organizado por YPF, los vehículos que comenzaron a diseñarse en febrero del 52, fueron presentados tres meses después, el 1 de mayo. Entre ese año y 1954 salieron a la ruta 2.365 unidades.
El primer Rastrojero tenía un chasis de acero y el motor naftero Willys-Overland de tres velocidades, de los tractores Empire. La segunda generación apareció en 1954 y a partir de ese momento contó con su definitiva alimentación diesel, a través de los motores Borgward de cuatro velocidades. La empresa alemana se radicó en el país y se convirtió en el proveedor exclusivo. Durante tres décadas fue el líder del segmento pick-up gasolera, copando el 80% del mercado.
En 1955 el golpe que terminó con el primer peronismo persiguió al Brigadier San Martín. El militar se asiló en la embajada de Uruguay, pero cuando se enteró que lo acusaban de corrupto, que decían que había utilizado la fábrica de Córdoba para enriquecerse con negociados millonarios, se presentó ante la Justicia. Estuvo casi cuatro años preso en la cárcel de Ushuaia, hasta que lo decretaron inocente.
La última dictadura liquidó en 1980, por encargo de Estados Unidos, a la gloriosa Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado. El decreto 1448/80 del 11 de abril castigó décadas de excelentes resultados de una fábrica modelo, que abastecía al mercado interno y además exportaba. Cuando cerró, la fábrica contaba con más de 70 proveedores, 100 concesionarios en todo el país y más de 3.000 empleados. La última unidad fabricada en Córdoba fue acompañada por todo el personal de la empresa, en el capítulo final de su ensamble. Una camioneta verde, chasis 70.061 y motor número 101.468. La línea de montaje y todas las instalaciones de la fábrica fueron vendidas como chatarra.
Argentina 2025. Los libertarios protagonizan el cuarto industricidio en 49 años, de la mano de una invasión inédita de importaciones. Pablo Lavigne, a cargo de la secretaría de Coordinación de Producción, juró que “la única política industrial es la que no existe”, buscando martillar el último clavo en el ataúd de la sustitución de importaciones.
Víctor Heredia, en aquel histórico Taki Ongoy del 86, la obra que ponía de pie a las culturas originarias destruidas por el conquistador, se preguntaba: “¿Que hubiéramos sido si nos hubieran dejado ser? Podemos todavía tratar de reconstruir desde las tinieblas la historia de los pueblos, de los que ni siquiera sus huesos han sido respetados”. El mismo camino recorrerá el modelo de país que volverá de la mano del pueblo, para recordarle a algunos que somos una Argentina industrial. Ese sueño impostergable que sobrevive a todos los que te dicen que es imposible.

