Sin milagros. Al resultado esta vez, se le antojó ser justo. Sobró entrega y sacrificio hasta el final. Cayó un campeón.
No obstante, contradiciendo el espíritu del juego y las órdenes que dicta la pasión del hincha, es extraño pero la derrota no duele. Por supuesto que jode, pero no lastima. El resultado lo intenta y no lo logra.
Sentimos desde el televisor, esa impotencia futbolística que nos transformó casi en extra de la película, pero lo hicimos con la entereza de un grupo que siempre fue por más. Dieron todo y somos nosotros los que estamos en deuda, después de la épica y el orgullo que salió a la cancha ante Cabo Verde, Egipto, Suiza y fundamentalmente Inglaterra.
Las lágrimas de Lio luego de su última función y el llanto de Scaloni en la conferencia de prensa, son un rato de bronca, que no logrará convertirse en dolor; porque antes de esos quiebres emocionales ineludibles, hay un Mundial, un subcampeonato y dos Copas América.
El fútbol por necesidad, simplifica la necesidad de identificación del rival y por las dudas, el reglamento ordena que los de enfrente tengan otros colores. Nadie sintetizó esta obviedad, como aquel Bilardo de la charla técnica más corta de la historia de los mundiales. Entretiempo tenso de un Argentina-Brasil en el 90 y después de casi 15 minutos de silencio, el técnico sentenció: «Si se la siguen dando a los de amarillo, vamos a perder».
En la Argentina deshistorizada, se multiplican los desclasados que no saben dónde nacieron, ni quiénes son. En esa tiera que cada vez se parece menos a la que conocimos, en ese país que pelea con el neoliberalismo desde hace medio siglo, por no vender su presente para extranjerizar su futuro, millones no tienen herramientas para reconocer a su enemigo. Por orden del «poder real», reina el negacionismo sobre las vueltas olímpicas que dió el pensamiento nacional en los últimos dos siglos y el odio por la política con sentido de eternidad. El gran trabajo del monopolio de la palabra, fue maquillar y disfrazar al verdugo. El lobo empilchado de cordero, se autopercibió terrorismo de Estado, deuda y patria financiera, después convertibilidad y privatizaciones, más tarde fue anfitrión de la hipócrita «revolución de la alegría» y hoy dice que es soldado de la inexistente pelea «anticasta», mientras regala los recursos estratégicos y la soberanía.
En el fútbol, es muchísimo más fácil detectar al que viene a robarse nuestros sueños y en la tribuna se unen por única vez, los que sienten que los colores de la bandera argentina también son los de la Selección y los que solo reconocen al celeste y blanco en una camiseta de fútbol para disfrazarse de hinchas vip cada cuatro años.
Diego el «Dios vengador de la injusticias», tuvo apóstoles sorpresivos en un Mundial incómodo para las rebeldías. Los que desplegaron el trapo malvinero en Atlanta, desobedeciendo la censura de Infantino con complicidad colonial de los libertarios; Messi hablando de los que no llegan a fin de mes en la Argentina y Dibu diciendo que le gustaría que al plantel se lo recuerde «como argentinos trabajadores, que nunca nos damos por vencidos».
El gobierno más antipopular de nuestra historia, jugó su propio Mundial y perdió. Escondieron la renuncia de Adorni, detrás de Argentina-Jordania y el intento de matar a la causa Libra, lo anunciaron antes de Argentina-Cabo Verde. Dos pasos de comedia, mientras aparecían fotos de Novelli en la tribunas del Mundial. Y buscaron sin suerte aprobar la extranjerización de la tierra, después de ganarle a Inglaterra.
El silencio de la Cancillería de Milei, ante un buque de guerra inglés en aguas argentinas. Luego la ministra de Seguridad diciendo a dúo con la FIFA, que banderas o remeras con mensajes sobre Malvinas serían una «provocación». El mismo día del partido con los británicos, apareció el presidente de la Nación autorizando a una empresa inglesa a explorar petróleo en el Atlántico sur y después se acordaron que era miércoles y reprimieron a los jubilados.
Para completar la postal ideológica del cogobierno del oficialismo más aliados, apareció el racismo de la vicegobernadora de Mendoza, calificando a Francia como «equipo africano flojo de modales».
Viola, el segundo del Ministerio de Justicia, apareció en la cancha contra Suiza y ayer en New Jersey se lo vio al senador Abdala, en un partido con reventa de hasta 30 mil dólares. El sábado un temporal detuvo al legislador oficialista en el aeropuerto de Fort Lauderdale y parece que la tarjeta resistió otro vuelo y casi 900 kilómetros por tierra.
En ese marco de hostilidad generado por los que gobiernan un país que odian, los de azul desplegaron un trapo blanco en el que un aerosol negro dijo: «Las Malvinas son argentinas».
El final épico, desbordado de orgullo nacional, no estaba escrito en el guion y después de la victoria inolvidable, en todas las plazas del país reinó la misma consigna y la identidad celeste y blanca, fue más que la foto de Margaret en el despacho presidencial.
En Qatar, la prensa de doble apellido después de eliminar a Países Bajos, los trató de «vulgares y pendencieros» y ahora Milei tildó a la bandera en manos de los jugadores, como un «gesto de patrioterismo, barato y berreta».
Antes de la final, hasta el gobierno de EE.UU. bancó el derecho al reclamo, para usarla como herramienta en su profundo desencuentro con Europa en general y con Londres en particular.
Terminó la Copa que solo le pegó a la pelota con la derecha, en el que la FIFA le comunicó a Haití que su camiseta no se ajustaba al reglamento porque la misma hacía referencia a la batalla de Vertières (1803), victoria clave para la independencia esclava de Francia.
Se fue el Mundial en el que Washington con el silencio cómplice de los dueños del fútbol, obligó a Irán a cruzar la frontera desde México por tierra y a abandonar el reino de Trump, el mismo día de cada partido.
La pelota siguió rodando mientras la Casa Blanca ordenaba volver a bombardear Irán, aunque en las vitrinas de Trump brilla el premio «El fútbol une al mundo», algo así como el Nobel de la Paz que le inventó la FIFA.
Dejó de rodar la pelota, en el insólito torneo en el que Donald le pidió a Infantino un indulto para su goleador y la FIFA le regaló el perdón como un souvenir. Terminó el torneo de las pausas de hidratación factureras, el show recontra vendido en el entretiempo del último partido y entradas a un precio loco para desterrar para siempre al pueblo de las tribunas. Y para 2030, FIFA Corporation promete más decisiones en orsai de los sentimientos del potrero, que una vez más va resistir contra todo y contra todos.

