El fantasma de Friedman: Para bendecir el ajuste, el hijo del Dios liberal

El espíritu patronal de los acuerdos de Bretton Woods en 1944, consolidó el relato del Milton Friedman que dos años después, comenzaría a ser el gurú del colonialismo económico moderno desde la Universidad de Chicago. Cuando la Segunda Guerra Mundial, comenzaba a imaginar ganadores y perdedores, Estados Unidos bajó el manual de estilo del nuevo orden a todo Occidente y comenzó a estructurar las bases del neoliberalismo. La Casa Blanca determinó el fin del patrón oro y la adopción del dólar como moneda de cambio internacional. Diseñó el futuro global y estableció como custodios de esa planificación, a fuerzas de choque como el FMI y el Banco Mundial.

Los liberales del golpe de 1955, en aquella Argentina que primero derrotó a Braden y después no entró al Fondo durante nueve años, intentaron convertirse en un compactador del estado de bienestar que había generado el peronismo. Congelaron el desarrollo industrial, durmieron el crecimiento científico y despojaron de protagonismo al movimiento obrero. Con esas prioridades en su agenda, la derecha criolla buscó instalar lentamente la idea de la dependencia eterna. Siempre muy cómodos en la patria del pastoreo, los profetas del subdesarrollo atentaron contra una matriz manufacturera nacional, que amenazaba con ser competitiva con la oferta de los más fuertes.
La primera fase del plan la aplicaron durante casi 18 años de proscripción de la mayoría, mixturando dictaduras con gobiernos elegidos en las urnas tutelados por las Fuerzas Armadas. Cuando regresó Perón a la Rosada con el 62% de los votos, aplicaron vía Videla la doctrina francesa y a través de Martínez de Hoz el plan de los «Chicago Boys».

Friedman se convirtió en protagonista central de la película, cuando tres décadas después, amanecía la derrota en Vietnam y Washington, por necesidad, volvió a poner todo el acento en América Latina, para no tener que lamentar otro triunfo del enemigo. El planeta convivía desde 1959 con la Revolución cubana, el Concilio Vaticano II, la encíclica «El progreso de los pueblos», la independencia de las colonias europeas en Africa, el Mayo francés y el Cordobazo. La muerte y destrucción padecida entre 1939 y 1945, ensambló en tiempos de paz a la generación que nació entre las bombas, con los viejos sobrevivientes de eternos sueños. De esa mixtura, resultó un protagonista colectivo que ya no entendería a la paz, divorciada de la justicia. En el territorio bananero de la Cumbre de Yalta, se mezclaron la resistencia veterana con los nuevos revolucionarios y en 1970 el socialismo chileno, encendió la primera alarma roja en la Casa Blanca.
Kissinger entendió que el dominio político de la Patria Grande sublevada, llegaría con la multiplicación de dictaduras y terrorismo de Estado. El silencio de los pueblos se consolidó a sangre y fuego a través del Plan Cóndor. Un tiempo latinoamericano sin democracia; una década con oposición secuestrada, torturada, asesinada, desaparecida, presa, condenada al exilio o acorralada en su territorio.

La siembra de liberales en Sudamérica formados en Estados Unidos, se consumó a partir del derrocamiento de Salvador Allende. Friedman visitó Chile en marzo de 1975, cuando el economista austríaco Gerhard Tintner, lo acusaba de nazi por servir a una dictadura antisemita. El «New York Times» decía que después de aplicar la teoría monetaria y los duros programas de austeridad del profesor Milton Friedman, el desempleo ronda el 20%, la producción industrial cayó fuertemente durante la primera mitad del año y la inversión extranjera gotea».
Orlando Letelier, ex canciller y ministro de Defensa del gobierno de Allende, asesinado por servicios chilenos en Washington en 1976, había dicho que Friedman era «el arquitecto intelectual y el consejero no oficial de Pinochet».
El economista volvió a ser huésped de honor en Santiago en noviembre de 1981 y en ninguna de las dos oportunidades, se pronunció en contra de las violaciones a los derechos humanos del régimen. Efectos colaterales a los que contempló como parte de la «terapia de choque» (shock treatment) que recomendaba su plan económico, para bajar drásticamente el déficit fiscal. Un modelo imposible de aplicar en una «sociedad libre», decían irónicamente sus enemigos académicos.
Friedman hablaba del «milagro chileno», cuando mostraba un sentido de justicia blindado ante los números que consagraron la mayor desigualdad de la historia trasandina.

En la década del 70, el control económico del imperio se basó en la industria del norte, la tecnología de «los tigres asiáticos», la especulación financiera y el endeudamiento externo. Los proveedores de los productos elaborados tenían una gran plaza para colocar stock y vender mercadería vieja como nueva, mientras los países obligados a ser exclusivamente agropecuarios, les daban de comer a los dueños de las máquinas.

En el reino del neoliberalismo, el sueño de consolidar una nación independiente, históricamente se convierte en un trofeo manipulado por los centros financieros de poder; porque un país gobernado por el mercado, es un proyecto soberano inviable.
Con los números en agonía permanente, el sistema republicano es una trama ficcional para alejar al pueblo de las grandes decisiones. Ajuste y represión adaptan a millones de seres humanos, a convivir con la devaluación de su esperanza.
Friedman fue el padre del libre mercado moderno, las privatizaciones de los 90, el gran fundamentalista del monetarismo y el verdugo de la industria nacional latinoamericana. Sentenció que el pleno empleo y el consumo popular, eran los supremos aceleradores de la inflación.
A ese planeta cínico y cruel que el Premio Nobel de Economía 1976 entendía ideal; le sobraban centenares de millones de habitantes.

Dos ganadores del Nobel, George Wald (Medicina) y Linus Pauling (Química y Paz), criticaron al Comité de Premiación, porque entregárselo a Friedman, era una «exhibición deplorable de insensibilidad». Luego los ganadores del Nobel de Medicina, David Baltimore y Salvador Edward Luria, calificaron la decisión como «un insulto al pueblo de Chile», que sufría «la carga de las medidas económicas reaccionarias patrocinadas por el profesor Friedman».
En Estocolmo, cuando fue a recibir el Nobel en diciembre del 76, exiliados latinoamericanos marcharon en su contra y durante la semana que estuvo en Suecia, permaneció bajo escolta policial y con dos guardaespaldas permanentes.
En 2008, la Facultad de Economía de la Universidad de Chicago quiso crear el «Milton Friedman Institute» para promover el estudio, la investigación y el desarrollo de la economía, pero la oposición de los alumnos fue tan grande, que el proyecto no se pudo llevar a cabo.
Ninguno de los seres vivos relacionados directa o indirectamente con el trabajo manufacturero, entraba en el asiento contable del asesor de Nixon, Reagan y Thatcher. Fue uno de los economistas que condujo el rumbo de la «economía libre» durante la «Guerra fría», sin contemplar a los seres humanos. Es una de las estatuas imaginarias que Milei tiene en su despacho de la Rosada y para documentar su gran amor, hasta le puso Milton a uno de sus perros.

El próximo 27 de junio, el anarcocapitalista David Friedman, hijo de Milton (1912-2006), estará en Buenos Aires invitado por la Fundación Faro. El descendiente del verdugo económico latinoamericano, compartirá escenario con Alberto Benegas Lynch y por supuesto, el cierre estará a cargo de Milei. El hijo de Dios bendecirá a esta obra tardía de su padre y seguramente repetirá que su sueño, es que algún día, Argentina tenga los mísmos números que Chile.