Argentina tierra de escuela pública, sin lugar para el «home schooling»

Cuando gobierna el neoliberalismo, todo lo que antes era una obviedad, se convierte en utopía. Nos empujan a debates cerrados por absurdos hace muchísimo tiempo e inclusive, a discutir por primera vez lo que hasta ayer era indiscutible. Este insólito presente en el que está bien visto que un tipo que se siente perro, camine en cuatro patas ladrando por el barrio, es hijo de antivacunas, terraplanistas y mitómanos que sacaron a 15 millones de la pobreza destruyendo trabajo y sembrando recesión.
En estos últimos dos años y medio, tuvimos que explicarle por primera vez a un presidente de la Nación, la importancia del Garrahan. Le contamos que no es muy racional que el conductor de casi 50 millones de habitantes demonice un niño autista por las redes o que la universidad pública es un pilar de la sociedad argentina. También le dijimos que a los jubilados no se le pega, que el chiste del burro no se cuenta a un grupo de alumnos en un acto, que un trabajador necesita derechos para no ser un esclavo o que a un funcionario que afanó a cuatro manos no se lo abraza en la Casa Rosada, sino que se lo juzga y se lo mete en cana.


Este gobierno que propuso en campaña entre muchas otras estupideses vender órganos y bebés, porque son transacciones entre privados y que hoy dice que es ridículo pasar por un examen de manejo para obtener el registro, porque nadie que no sepa manejar se va a subir a un auto; regresó a su agenda un globo de ensayo que largó a volar el año pasado: la educación en casa y sin docentes. Pomposamente titula a este viaje a la Edad Media, que ya ingresó a Comisión en Diputados, «Ley de Libertad Educativa» y si lo querés más sanisidrense, podés decirle «home schooling».
En esta intención colonial de ser una mala copia de los Estados Unidos, proponen que los pibes estudien en sus hogares y que los padres reemplacen a los docentes. Y nunca olvidar la variante Benegas Lynch, el estadista que quería privatizar el mar: «Libertad es que si no querés mandar a tu hijo al colegio porque lo necesitás en el taller, puedas hacerlo»:
Me encantaría ver como Sarmiento y Roca, dos tipos con los que no me llevo nada bien, les pegan un cachetazo a estos tilingos por semejante estupidez. Un siglo y medio después de la batalla que la derecha dio en este país por la escolarización, pública, laica y obligatoria; sus herederos del siglo XXI se baten a duelo con la inteligencia y sueñan con sentar al aula en el banquillo de los acusados. La esperanza blanca es que los nuevos habitantes de «La Manzana de las luces» (Tronco, Lemoine, Gallardo, Karen Reichardt, la narcodiputada patagónica y Juliana Santillán), frenen esta locura.
El redactor del proyecto de ley, es uno de los economistas más cercanos a Milei, Agustín Etchebarne. Lo lanzó hace pocos días en en Paraná, cuando junto a Martín Krause (Fundación Faro) y Cristian Centurión (Fuerzas del Cielo), presentó su libro «La utopía libertaria: El fin del Estado».
Eligieron al peor Alberdi de todos los que convivieron con ese liberal, que a veces se miraba en el espejo y no le gustaba demasiado la imagen que reflejaba. En 1877 el autor de «Las Bases», proponía para salir de la crisis, la supresión casi total del gasto en instrucción pública: «Los discípuos deben pagar los salarios de sus maestros. Las ciencias son un saber de mero lujo, como las lenguas muertas, donde sus productos no tienen aplicación. Tal producción no será la que haga la riqueza del país. Un simple cuero seco, un saco de lana o un barril de sebo, servirán mejor a la civilización de Sud América que el mejor de sus poemas, su mejor novela o sus mejores inventos científicos».

En los 90 la pelea de los docentes impidió que el proyecto del Banco Mundial, privatice los tres niveles de enseñanza; pero no pudo frenar la descentralición. Nación se sacó de encima una inversión, que con el neoliberalismo pasó a llamarse gasto y le tiró por la cabeza, sin presupuesto, la educación a la provincias y a su vez, muchas de estas le regalaron los edificios, los docentes y los alumnos, a los municipios que no tenían partidas para sostenerlas.
Ahora van por todo, primero por el colegio y después por el Estado.

La escuela no es solo un ámbito de instrucción. Es un lugar que nos invita a reconocernos como parte de un todo, para saber que necesitamos del otro para crecer. Tiene pizarrones donde con aciertos y errores, sobreviven la palabra independencia, Malvinas, Constitución y democracia. Aulas de las que todavía no pudieron rajar a Moreno, Belgrano, San Martín o Guemes.
Pese a tantos enemigos con poder, el colegio resiste como un espacio donde se consolidan códigos de solidaridad con el compañero, de respeto y escucha por el que sabe y distribuye herramientas para la construcción del pensamiento crítico. En síntesis, todavía arma hombres y mujeres para que cuando son grandes no discutan al Garrahan, no insulten a un pibe autista por las redes, no discutan a la universidad pública, no sean indiferentes a los palazos que reciben los jubilados, defiendan los derechos laborales, no cuenten el chiste del burro en un acto escolar y pidan justicia ante un jefe de Gabinete, que livin’ la vida loca con la tuya.
Y si un porcentaje de lo que supo ser esta institución, que sin dudas es parte de nuestra identidad, actualmente está en crisis, en lugar de dinamitarla hay que ayudarla a recuperar la memoria.

Editorial de Gustavo Campana del viernes 3 de julio en «La mañana de la 750» (Víctor Hugo Morales)