En todos los deportes sin excepción, el resultado es una especie de déspota; un dictador que siempre pretende obligarte a matar el análisis, porque sabe que ese dato racional, muchísimas veces no sirve para explicar lo irracional del final de un partido.
Es un censor del debate sobre lo que pasó en el juego, que deja todo en manos de los números. Solo cree en la frialdad de lo estadístico.
Se ríe de los merecimientos, no le intrese si FUISTE MAS Y PERDISTE o si FUISTE MENOS Y GANASTE.
Se ríe de la historia, del peso de la camiseta, de la mística y se equivoca.
Argentina perdía 1-0 y era mucho que el equipo que le ganó a Cabo Verde. Argentina perdia 2-0 y el campeón del mundo, el dos veces campeón de América y el ganador de la última Finalísima; era casi el único que confiaba en si mismo; que creía que podía volver a transformar en realidad la utopía. Tenía intacta la esperanza, auque los números no lo recomendaban.
Y como las estadísticas no creen en el corazón, ni en la verguenza deportiva, ni en las obligaciones que generan los colores; el partido matemático estaba terminado a los 80 minutos. Sin embargo otra batalla, se jugaba en otro terreno y como la épica se construye con orgullo, es una especie de cabeza dura, que lo intenta todo aunque la lógica no lo aconseje.
Faltaban 10 minutos y no era difícil…, era imposible. El equipo que tuvo cuatro clarísimas situaciones de gol en el primer tiempo, que pudo irse al vestuario 2-1 arriba y abandonó el campo penando la derrota por la mínima, no existía hace rato. Golpeado por el resultado y cansado de tanto ir y chocar contra el orden táctico del rival, la Selección activó la esperanza, buscó y encontró. No se trató de un milagro, metió mano en el archivo, se miró en el espejo y se reflejó grande. Mucho más grande de lo que decían las estadísticas en ese momento.
Dedicado a los números, a esos déspotas, esos dictadores que solo creen en ellos, que no saben de merecimientos, ni de historia; nunca en los mundiales, un equipo dio vuelta un resultado 0-2 a los 80 minutos del segundo tiempo.
Gritamos los goles hasta desgarrar la garganta, porque ese gesto es identitario, nació con nosotros y festejamos el triunfo por un rato, a veces bastante largo, como si no pasara ninguna otra cosa a nuestro alrededor. Y después, cumpliendo con otras preocupaciones, con aquellas derrotas que cuesta rebertir más que un resultado furbolero, cuando baja la espuma, regresamos con la SUBE a la vida cotidiana.
Las dos cosas están bien. A vivir ese rato de fútbol sin culpas, a cumplir con la manifestación cultural más importante del argentino, en su justa medida… Bueno, por ahí exajerando un poco o gritando un cachito de más; pero cuando pelota se apaga hasta el próximo partido,, las cosas vuelven a su lugar. Y si esto no es así, hay que entender que son dos caras de una misma moneda.
Y ya sabemos que el sábado, jugamos con Suiza.
Editorial de Gustavo Campana del miércoles 8 de julio en «La mañana de la 750» (Víctor Hugo Morales)

