Salvando las enormes distancias que existen entre el planeta de principios de los 80 y el del presente, el espíritu de Ronald Reagan habita hoy el Salón Oval de Trump. El mediocre vaquero de Hollywood, basó la campaña electoral que lo convirtió en presidente a partir de enero del 81, en una sola promesa: Estados Unidos volverá a convertirse en el sheriff del mundo. Su frase «América está de regreso», amenazaba con intervenciones militares, directas o indirectas para reconquistar respeto. El socio de Thatcher entendió que para devolverle a Washington el título de propiedad de occidente, su país tenía que regresar a una pelea frontal contra el comunismo soviético e impedir que Centroamérica se transforme en un nuevo Vietnam. El rol que jugó Reagan en Afganistán, la invasión a Granada y locuras como la Iniciativa de Defensa Estratégica (aquel delirio conocido como “La guerra de las galaxias”), le devolvieron al Pentágono el papel protagónico de la película.
El viernes pasado, Estados Unidos publicó la nueva «Estrategia de Seguridad Nacional» y consagró a América latina, como su principal objetivo estratégico. Washington le anunció al mundo, el regreso oficial de la Doctrina Monroe, una política de Estado que siempre ejercieron sin necesidad de nombrarla demasiado, para guardar las apariencias. Legalizada la ambición colonial de los yanquis, «América para los americanos» deja de ser entonces para la derecha argentina, una loca hipótesis geopolítica de los eternos fabricantes de teorías «conspiranoicas».
Trump transformó en un plan oficial, con firma y membrete de la Casa Blanca, al regreso imperial prometido «después de años de abandono de la región» (cita textual), como único camino para recuperar poderío global. La flamante «Estrategia de Seguridad Nacional», subraya que el Hemisferio Occidental cuenta con recursos estratégicos, cuyo acceso debe estar garantizado para Estados Unidos, en coordinación con los aliados: «Negaremos a los competidores no hemisféricos, la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales».
Las embajadas de Estados Unidos en la región, serán los principales lobbistas de sus empresas privadas. Deberán liderar cada una de las principales oportunidades de negocios que se vayan presentando en cada país, en especial de los grandes contratos gubernamentales. Tendrá que identificar a las áreas estratégicas para la inversión de empresas estadounidenses y los presentará para su evaluación en todos los programas de financiamiento federal. Los tres grandes laboratorios: Argentina, Ecuador y Perú.
Al rubro lo conocen muchísimo, porque en los últimos dos siglos lo ejercieron a través de invasiones u operaciones de inteligencia en las sombras, para terminar con gobiernos populares y decretar su subdesarrollo eterno. Por supuesto, siempre en nombre de la libertad y la democracia, las «causas nobles» que escondieron como pudieron, su real condición de ladrón de recursos naturales y mercados comerciales y su rol como censor del desarrollo científico y tecnológicos de los países americanos. Ahora agregaron al listado de enemigos, al narcotráfico y la inmigración ilegal.
Estados Unidos sabe que perdió la guerra tecnológica con China y que para seguir ocupando un lugar en el podio de las potencias planetarias, necesita expandir su red de influencia regional y que sus productos elaborados inunden América latina.
Por ahora, lo más preocupante fue la enorme fuerza naval en aguas caribeñas que durante noviembre, amenazaron a Venezuela, con ser el primer caso de invasión estadounidense en sudamérica en el Siglo XXI. Aunque los ataques a lanchas en aguas venezolanas, indican que el avance militar ya comenzó. El saldo que confirma Estados Unidos, es de más de 20 botes destruidos y cerca de 90 tripulantes muertos.
Mientras tanto, militares norteamericanos se instalaron en las bases aéreas de República Dominicana y Trinidad y Tobago, para subirle el volumen a la provocación.
A cara descubierta y sin metáforas, Trump no habla de crecimiento económico, ni desarrollo tecnológico para la región; tampoco plantea acuerdos comerciales relativamente justos, ni una compra importante de alimentos, que equilibren la balanza comercial con el sur.
Plantea «obediencia o muerte» y dialoga con la región, a través de ejercicios militares, compra de armamento y vehículos militares o juegos de invasión por aire, mar y tierra.
Hay que recuperar del eterno diccionario político del campo nacional y popular, «patria o colonia», porque Estados Unidos avisó que somos su objetivo y por lo tanto, ya no se trata de una loca hipótesis geopolítica de los eternos fabricantes de teorías «conspiranoicas»; como siempre dice la derecha argentina…

