Volaron la Fábrica Militar de Río Tercero. Varios barrios de esa localidad cordobesa quedaron destrozados, decenas de casas se transformaron en ruinas y centenares de hogares fueron dañados seriamente. La ciudad quedó regada de esquirlas y municiones de guerra.
Pocas horas después de la explosión Carlos Menem llegó al lugar y declaró en conferencia de prensa, que se había tratado de un accidente; instando al periodismo de aquí, de allá y de todas partes, a no hablar de atentado, ni de nada que se le parezca…
Primero, el gobierno menemista indicó que el “accidente” había sido provocado por la defectuosa manipulación de explosivos por parte de tres soldados, pero cuando fueron a buscarlos, no existían conscriptos con los nombres citados “oficialmente”.
Fabricaciones Militares fue uno de los organismos que, desde el primer día, se encargó de embarrar el expediente para empantanar la causa, adulterando con aluminio el trotyl que debía ser analizado y buscando impedir que se pueda determinar si se había tratado o no de un accidente.
Los primeros peritajes fueron hechos por los mismos técnicos de Gendarmería y la Policía Federal, que actuaron en los casos Embajada de Israel, AMIA y en la caída del helicóptero cuando murió Carlos Menem Jr. Según sus informes, el incendio había sido provocado primero por un cigarrillo, luego por el “efecto lupa” y finalmente por una chispa del montacargas. Recién en 2003, los ingenieros Sicilia, Yorio, Zanoni y Rodríguez, docentes de la Universidad Nacional de Córdoba, concluyeron que las explosiones fueron programadas y coordinadas por expertos.
Pero por encima de los artilugios para intentar tapar la intencionalidad del hecho, el peritaje contable fue clave para comprobar cómo dibujaron los registros con el fin de ocultar el contrabando de armas.
En aquel trágico noviembre del ‘95, los periodistas locales contaron que, en alguna de las bases de la Fuerza Aérea en Córdoba, un Hércules procedente desde Buenos Aires con mil ataúdes a bordo pidió pista para aterrizar. Posiblemente el número de muertos, que imaginaron los que, con la explosión, buscaron ocultar para siempre el tráfico ilegal de armas.

