Pensamiento nacional para enfrentar a las relaciones carnales libertarias

Scalabrini decía que «hablamos en castellano, pensamos en inglés, gustamos en francés, amamos en ruso y nos apasionamos en italiano. Vivimos de prestado, abrumados por los preceptos de estéticas y éticas lejanas. Si hasta recién nos dimos cuenta, que la primavera llega en setiembre y no en abril».

En el potrero, todos sabíamos qué era «jugar bien». Ese era un dato identitario, que se transmitía de generación en generación. Nadie tenía dudas. Los que llevaban pegada al pie, los que levantaban paredes con los compañeros que hablaban el mismos idioma, los que hacían jueguito con la Pulpo en el empredrado, los que te pintaban la cara con la gambeta, los que se uniformaban usando las medias bajas, los que nunca eran los dueños de la pelota… En el barrio, nadie tenía dudas.
Hasta que desde los medios de comunicación del «poder real», algunos sembraron la confusión y «jugar bien», fue lo más parecido a «ganar a cualquier precio»; a pisotear las reglas escritas y todas las leyes populares respetadas con el corazón. Se rieron del caño, de la rabona, de la bicleta y el taco. Se burlaron del talento, de la habilidad, de la creación. Apareció el pragmatismo con su cara más cruel, le pegaron de puntín al pasado y amenazaron con llevarse para siempre uno de los más grandes tesoros populares; «la nuestra». Esa síntetisis que los veteranos esculpieron en el tablón, para sintetizar que a cada gesto imperial, había que resignificalo en criollo.
Mi viejo decía que si esos tipos ganaban la batalla, un buen día nos íbamos a despertar y Pedernera, Moreno, Pontoni, Tucho Méndez o el Chueco García, nunca habían existido, que nos iban a hacer creer que los habíamos imaginado y que al gol de Grillo a los ingleses, por las dudas, lo iban a limpiar de los libros…

En la discusión política, todos sabíamos qué era «pensamiento nacional». Nadie tenía dudas. Los que peleaban contra el imperialismo, los que hablaban de independencia, los que eran fuertes ante los fuertes, los que soñaban con más derechos y menos privilegios. Los de liberación o dependencia. Nadie tenía dudas.
«Pensamiento nacional» era la YPF de Mosconi, los hospitales de Carrillo, los ferrocarriles de Scalabrini, las sentencias de Jauretche, la bronca de Discépolo con Mordisquito… Nadie tenía dudas.
Hasta que desde los medios de comunicación del «poder real», te contaron que con la bicicleta financiera se podía vivir sin laburar, que no sabías hacer una silla y que había que «achicar el estado para agrandar la Nación». Después alguien empezó a desarmar trenes y aviones buscando sin suerte a la soberanía, otro habló de «relaciones carnales» y uno te contó que un peso valía un dólar.
Nos decían que solo los nostálgicos, no aceptaban el boleto para el primer mundo.
Más tarde apareció el de la luz al final del túnel y los brotes verdes y ahora el que manosanta del milagro argentino, que cada seis meses va a buscar un salvataje a Washington.
Cada vez que vuelven demonizan a la felicidad del pueblo y el «pensamiento nacional» regresa al banquillo de los acusados, como antes el caño, la rabona, la bicleta y el taco.

Prohibido olvidar. En la Argentina, nunca existieron dos proyectos de país y desde hace 215 años, ese proyecto de país confronta con un modelo de colonia. No pelea contra otra aspiración nacional.
Peleamos para terminar con la geografía ocupada, la identidad domesticada, la cultura subordinada, las riquezas saqueadas, los seres esclavizados y los derechos prohibidos.

Las crisis generadas por el neoliberalismo a partir del 24 de marzo de 1976, construyeron un país cíclicamente inestable, frágil y vulnerable. Una colonia virtual, sin independencia económica, ni soberanía política. Sin proyecto industrial, la Argentina financiera debilitó los números estructurales y la patria quedó atrapada en la telaraña del endeudamiento permanente. Empréstitos que en un altísimo porcentaje, se utilizaron para engordar la fuga de capitales, en el marco de una economía esclavizada.
La derecha argentina a partir del último golpe, no buscó crecimiento sostenido y dejó al país al borde del default, a través de recesiones provocadas. La crisis como modelo para subordinarnos al imperio, fue un objetivo inalterable en el medio siglo posterior a la última dictadura.

«Al dólar lo suben ellos, para devaluar el salario. Una de las formas de disciplinar a los trabajadores, que históricamente adoptó la oligarquía.
Los tarifazos los programan ellos, una forma de transferir recursos del bolsillo del pueblo, hacia el poder dominante.
La fuga la facilitan ellos, una forma de endeudar a millones para que se beneficien unos pocos.
La crisis que no existía, la generaron ellos, porque a través del miedo colonizan el sentido común.
El relato y la mentira lo implementan ellos, para que con la complicidad de los medios, nadie sepa la verdad». Jauretche 1957, porque ni la victoria, ni la derrota, son nuevas o viejas, son parte de una batalla inconclusa de 215 años. Y como dijo el padre de la patria, que como una premonición vivió casi un cuarto de siglo en el exilio, mi sueño es «impostergable», aunque todos los días nos quieran hacer creer que es imposible.