La noticia, cuando menos, sorprende (Roberto Fontanarrosa). En Paraná, provincia de Entre Ríos, una mujer, tras treinta años de matrimonio, descubrió que su marido era ciego.
No estamos diciendo que ella advirtió que su marido no tenía visión, digamos, para los negocios, o no tenía visión para las grandes empresas, no. Ella descubrió, tras treinta años de matrimonio, que su marido no tenía visión en los ojos, que no veía nada, que era completamente ciego.
Los periodistas le preguntaron a la señora, cómo era posible que no se hubiese dado cuenta antes. Y ella dijo: «Mi esposo tiene tantas falencias, que ésa, la de la ceguera, pasaba desapercibida».
¿No notó doña Asunta durante una convivencia de tres décadas, que su marido no veía? Ella se defendió diciendo que sí, que lo había notado. Que a veces observaba a su marido vacilante, al parecer indeciso. Pero como su marido lo era siempre para tomar determinaciones, para resolver qué ropa ponerse o incluso para decidir qué deseaba comer, a ella aquello no le pareció sorprendente.
La señora Asunta no sospechó nada, ni siquiera cuando su marido,
para empezar a concurrir a un gimnasio de la zona, le solicitó la compañía de un perro. «Debo reconocer -dijo Asunta- que no me cayó muy bien el pedido de mi esposo. Era como decirme que no le alcanzaba con mi compañía. Era introducir entre nosotros dos, que siempre habíamos vivido solos, que no habíamos querido tener hijos para no dispersar nuestro cariño y que además, vivimos con un presupuesto muy ajustado, un elemento nuevo, desconocido, costoso y no humano, porque se trataba de un animal».
«Me preguntaba -cuentan que decía doña Asunta-, por qué mi marido usaba lentes negros durante la noche, cuando no hay sol ni tanta luz desde los focos de la avenida». Y él le decía que era moda, que esos lentes se los había regalado su padre y que se sentía desnudo sin ellos.
«Una vez le compré a mi José una bufanda verde cuando él me había pedido una gris. Pero la aceptó tranquilamente y sin protestar. Él es así. Se adapta a todo.
Yo notaba que mi José leía poco, es cierto, pero yo tampoco soy una intelectual. Puedo leer alguna revista vieja, algún diario o las efemérides de los calendarios, pero no es la lectura una cosa que hagamos muy a menudo en mi casa».
Asunta descubrió la ceguera de su marido, cuando un día le pidió el salero y él le alcanzó un sifón de soda. Un gesto simple, chiquito, doméstico, pero que al parecer, rebalsó el vaso. «José, vos sos ciego», le dijo Asunta y él no pudo menos que aceptar esa realidad tan dura.
El marido la abandonó tres días después del descubrimiento de su ceguera. «Mi José es muy orgulloso y no podía soportar la idea de que yo permaneciera al lado de él sólo por lástima, por piedad, o por darme pena. Todavía me parece verlo, yéndose de casa, con la capelina que era de mi tía Fina y ese trajecito sastre que a mí me quedaba muy bien y que, ya al final, él usaba tanto que ni me importaba que se lo llevara.».
Una noticia que sorprende, de Roberto Fontanarrosa. El caso de una pareja tan simbiótica, que él era ciego y ella no veía.
El neoliberalismo nos pasa por cuarta vez en 49 años, porque hay muchos que no pueden ver y otros que no quieren ver; demasiados que eligen no encontrarse en el peor reflejo que les devuelve su propia historia.
Entre el analfabetismo político y el odio, se dividen las responsabilidades de este medio siglo de saqueo, solo interrumpido entre 2003 y 2015.
Subsidiar al verdugo, es una rara cualidad de muchos de los nuestros, que no existe en ninguna otra especie. Ningún animal, los supuestamente no pensantes, auspicia su muerte.
Editorial de Gustavo Campana, en LA MAÑANA de VICTOR HUGO MORALES por AM750 – Viernes 05 de septiembre de 2025

