23 de agosto de 1973: «Síndrome de Estocolmo», entregarse al enemigo

Jan Olsson ingresó armado a una sucursal del Kreditbanken, en el centro de la capital sueca, el 23 de agosto de 1973. Soñaba con salir del banco, con un par de millones de coronas en el bolso, pero todo se complicó. Dos policías intentaron detenerlo y el ladrón hirió a uno de ellos.
Olson se atrincheró, tomó a cuatro rehenes y a partir de ese día, el mundo habla del Síndrome de Estocolmo.
Los que habían perdido su libertad y quedaron a merced del hombre armado, los que obedecían sin chistar a quien tomó las riendas a punta de pistola creyeron que su captor era mucho más confiable, que los que prometían liberarlos.


Esa extraña relación de complicidad y sumisión, ese fuerte vínculo afectivo con el enemigo, nace de una promesa central del amo: “Desde ahora sos mi esclavo, soy el nuevo dueño de tu vida. Pero tranquilo…, no te voy a matar”. En ese momento, crece una dependencia que despierta el que somete, porque a pesar de robarte por un rato o para siempre, valores indispensables (libertad, identidad, independencia y soberanía); el poder que representa asegura que no habrá violencia extrema. El nuevo dueño de las vidas cautivas se compromete a no gatillar, pero sólo si se respetan a rajatabla sus reglas de juego.
El Síndrome de Estocolmo es una respuesta, que la vulnerabilidad maneja a control remoto en situaciones límites y el precio que algunos están dispuestos a pagar para seguir respirando, es entregar todos sus tesoros: patria, sueños, proyecto colectivo…

En aquél banco de Estocolmo, la pesadilla terminó cinco días después. La policía entró al edificio con gases lacrimógenos y en media hora, los ladrones se rindieron. Y a pesar de que pronosticaban, una larga lista de muertos y heridos; secuestradores y secuestrados, salieron ilesos.
Los rehenes pidieron clemencia por Olson, se negaron a declarar en su contra y lo ayudaron a pagar los honorarios del abogado defensor.
En términos políticos, esta irrefrenable sensación de entregarse a los brazos del enemigo, fue el gesto repetido durante décadas por un sector de la población argentina, en casi todos los golpes militares del siglo XX y en los gobiernos neoliberales democráticos
(Fragmento de «Prontuario, No hay neoliberalismo sin traición»).