Siempre se escribió fácil y después se leyó sin problemas, cuál era la misión central de un gobierno latinoamericano, pensado en función de la justicia como máxima expresión de la dignidad humana (trabajo, salarios, comida, salud, educación, vivienda y sueños). Podemos tomar los últimos dos siglos de historia de la Patria Grande y ese diccionario lo recorrieron sin excepción, tanto gobernantes parecidos a sus pueblos, como el cinismo de un listado interminable de dictaduras en la que se mixturaron uniformes y oligarquía. Para unos fue revolución, para otros «republicanismo bobo».
Recién con el laboratorio de crueldad que el neoliberalismo abrió en la Argentina con Milei, por primera vez alguien ganó una elección hablando en campaña de la «estafa de la justicia social». En 2023 se inauguró una era política inédita, en la que se llenaron las urnas de votos que aceptaban la promesa de marginalidad que vomitaba el candidato. Veinte meses después de la llegada del libertario a la Rosada, en la supuesta cuna de los alimentos nacionales en Palermo, los amos de la tierra festejaban la condena a Cristina, porque sin distribución de la riqueza aumentan todos sus saldos exportables. Y si la demanda baja a niveles como los del presente, hasta sembrando menos, cosechan más dólares.
Por supuesto, el yuyo mágico no necesita de INTA, ni de INTI, solo requiere agrotóxicos…
La Argentina con la potencialidad de darle de comer a 400 millones de habitantes, esa epopeya que dice protagonizar la Sociedad Rural, hace rato que no existe. El primer peronismo liberó a la «vaca atada» de los estancieros con palacios en Buenos Aires, terminó con la esclavitud del peón y estableció regulaciones para que la mesa de los ingleses deje de ser la prioridad de la riqueza obsena de los doble apellidos nacionales.
Casi medio siglo después y casualmente con el menemismo, los terratenientes entendieron que el negocio del futuro era abandonar ganado y cereales y convertirse en proveedores de soja, solo para que se alimenten millones de chanchos chinos. Mataron al granero del mundo, cuando la frontera sojera avanzó sobre la tierra más fértil del planeta, desmontando bosques y abandonando tambos y la multiplicación de ganado. Los dueños de la vida y de la muerte, recortaron de manera salvaje, la porción de trigo, maíz, leche y carne por habitante; mientras recitaban su lema hipócrita de «Cultivar el suelo es servir a la patria». Nunca tuvieron patria, por lo tanto jamás existió ningún compromiso con la vida del otro; salvo que un gobierno popular les recuerde que la economía nunca es libre: La ordena el Estado al servicio del pueblo o la secuestra el mercado para que la minoría viva de joda.
El costo de transformar justicia en realidad, teniendo en cuenta que el «poder real» construye riqueza agudizando desigualdad; es lo más parecido a un mano a mano con la muerte. Cuando Lula en su discurso de asunción en enero 2003, prometió que al terminar su mandato los brasileños y brasileñas iban a desayunar, almorzar y cenar; estaba planteando sin saberlo, pero quizás presintiéndolo, que sacar a 40 millones de seres humanos de la pobreza, lo iban dejar 580 días en prisión.
El último informe de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), afirmó que solo el 2,5% de la población brasileña está en situación de inseguridad alimentaria, frente al más del 25% al que había llevado al país, la restauración conservadora que encarnó el fascismo de Bolsonaro. Esos 20 puntos menos, entre el hambre planificada de la derecha y la decisión de erradicarla del Partido de los Trabajadores, grita que Lula sacó a Brasil del Mapa del Hambre dos veces en tres mandatos.
En 2014 apareció el primer informe de la FAO, que mostró un Brasil con los platos de comida necesarios en la mesa de los más frágiles. Pero la derecha con sus planes inmortales de concentración de la riqueza, le robaron esos alimentos al pueblo entre 2018 y 2022.
«Profeso mi fe en la lucha contra el hambre y la desigualdad. Hoy dormiré con la conciencia tranquila, sabiendo que cumplo con mi deber para con el pueblo brasileño», celebró Lula en la Segunda Cumbre de Sistemas Alimentarios de la ONU, en Etiopía.
Según el último informe de la FAO, el índice de riesgo de seguridad alimentaria, en Brasil cayó por debajo del 2,5% del total de la población del país. Esa alegría Charly, por ahora, es solo brasileña…
Editorial de Gustavo Campana, en LA MAÑANA de VICTOR HUGO MORALES por AM750 – Martes 29 de julio de 2025

