Evita, 73 años después: La mujer que nació para parir revoluciones

Los fríos, los indiferentes, no deben servir al pueblo. No pueden servirlo aunque quieran. Para servir al pueblo hay que estar dispuesto a todo, incluso a morir. Los fríos no mueren por una causa, sino de casualidad. Los fanáticos sí. Me gustan los fanáticos y todos los fanatismos de la historia. Me gustan los héroes y los santos. Me gustan los mártires, cualquiera sea la causa y la razón de su fanatismo. El fanatismo que convierte a la vida en un morir permanente y heroico, es el único camino que tiene la vida para vencer a la muerte” (“Mi mensaje”).

Cuenta la leyenda que cuando llegó a Buenos Aires a los 15 años (1935), bajó del tren y entró a un bar para preguntar por un hotel. Los hombres que la advirtieron tan frágil como perdida, le anotaron en un papel la dirección del viejo palacio Unzué, luego residencia presidencial (Avenida del Libertador, Austria, Agüero y Avenida Las Heras, hoy Biblioteca Nacional). La broma despiadada la llevó al lugar y un mayordomo, fue el encargado de decirle dos verdades en un solo envase: primero, no era un hotel y segundo, la gran ciudad estaba infectada por “pobres corazones”.
Once años después, Perón fue el primer presidente que utilizó la residencia de manera permanente. Evita vivió y murió en ella, en la casa que le anotaron en un papel, aquellos porteños que creyeron haberse burlado de una piba de pueblo.…

La mujer que nació para parir revoluciones, fue un huracán político repleto de derechos. Una bisagra entre la Argentina agroexportadora que imponía sus privilegios y el comienzo de la batalla final por el modelo de país, que nació con el primer peronismo.
Fueron apenas seis años. Sin ocupar puestos oficiales, ni cargos electivos; pero vividos de la mano del mandato natural, que nació incondicional desde abajo. Seis años, nada más. Apenas un instante en la historia de un país. Pero le alcanzó para atropellar al pasado y terminar con el “Estado inhumano”, que tantas veces denunció.
El cambio llegó con furia, fue profundo. No escondió nada, no guardó gestos, ni palabras políticamente incorrectas para mejores tiempos.
Habló de justicia, libertad, dolor, esperanza, odio, rebelión, enemigos, traidores, explotación, imperialismo, mediocres, fanáticos, héroes, santos y mártires…
“Todo lo que se opone al pueblo me indigna hasta los límites extremos de mi rebeldía y de mis odios. Me revelo indignada con todo el veneno de mi odio o con todo el incendio de mi amor -no lo sé todavía- en contra del privilegio que constituyen todavía los altos círculos de las fuerzas armadas y clericales. Pero sé también que a los pueblos les repugna la prepotencia militar que se atribuye el monopolio de la Patria, y que no se concilian la humildad y la pobreza de Cristo con la fastuosa soberbia de los dignatarios eclesiásticos que se atribuyen el monopolio absoluto de la religión. Yo no diría una palabra si las fuerzas armadas fuesen instrumentos fieles al pueblo. Pero no es así: casi siempre son carne de la oligarquía” (“Mi mensaje”).

El 1º de mayo de 1952, Evita habló por última vez en desde el balcón de la Casa Rosada; el día que dejó la importancia de la huella del peronismo en manos de la historia: “Quienes quieran oír, que oigan; quienes quieran seguir, que sigan”.
El pueblo trabajador y humilde de la patria, “contra la opresión de los traidores de adentro y de afuera, que en la oscuridad de la noche quieren dejar el veneno de sus víboras en el alma y en el cuerpo de Perón, que es el alma y el cuerpo de la patria”. Los enemigos “no lo conseguirán, como no ha conseguido jamás la envidia de los sapos acallar el canto de los ruiseñores ni las víboras detener el vuelo de los cóndores. No lo conseguirán, porque aquí estamos los hombres y las mujeres del pueblo, mi general, para custodiar vuestros sueños y para vigilar vuestra vida, porque es la vida de la patria, porque es la vida de las futuras generaciones, que no nos perdonarían jamás que no hubiéramos cuidado a un hombre de los quilates del general Perón, que acunó los sueños de todos los argentinos, en especial del pueblo trabajador. Yo le pido a Dios que no permita a esos insectos levantar la mano contra Perón, porque ¡guay de ese día! Ese día, mi general, yo saldré con el pueblo trabajador, yo saldré con las mujeres del pueblo, yo saldré con los descamisados de la patria para no dejar en pie ningún ladrillo que no sea peronista”.
Y por último, soñó que cada derecho, cada conquista, serían parte de las reglas de juego de un país, que ya no podría dar un solo paso hacia atrás: “No nos vamos a dejar explotar jamás por los que, vendidos por cuatro monedas, sirven a sus amos de las metrópolis extranjeras; entregan al pueblo de su patria con la misma tranquilidad con que han vendido el país y sus conciencias”.


EDITORIAL – Sábado 26 de julio de 2025

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