La última función que Carlitos le ofreció al neoliberalismo

El 27 de abril de 2003, Carlos Menem se impuso en las elecciones presidenciales con el 24,35% de los votos. Detrás Néstor Kirchner 22%, Ricardo López Murphy 16,34%, Elisa Carrió 14,14%, Adolfo Rodríguez Saá 14,12% y Leopoldo Moreau 2,34%. Rápidamente el Flaco convirtió la frialdad de un porcentaje, en un fuego que arrasó con todos los pronósticos que esa misma cifra proyectó.

Cinco candidatos concentraron casi el 90% de los votos, con una diferencia entre el primero y el quinto de apenas el 10%. Ninguno participó representando a los partidos tradicionales, pero habían sido construidos por esas matrices ideológicas: Frente por la Lealtad (Menem)
Frente para la Victoria (Kirchner), Recrear para el Crecimiento (López Murphy), Frente Movimiento Popular (Adolfo Rodríguez Saá) y Argentina por una República de Iguales (Carrió).
Néstor asumió sin respaldo partidario institucional, pero empezaba a ser bancado por una mixtura donde anidaban la dosis justa de peronismo, sectores de la izquierda nacional, progresistas, piqueteros y residual de asambleas 2001.
Los tres presidenciables con certificado de nacimiento en el peronismo, concentraron cerca de 12 millones de votos y se impusieron en 23 provincias (Menem 12, Kirchner 8 y Rodríguez Saá 3). Los tres que provenían del radicalismo, 6 millones y medio (Los 500 mil votos que siguieron a López Murphy, mostraron que la Capital no estaba dispuesta a cambiar, pese al sufrimiento de la clase media con el gobierno en el que su nuevo candidato ocupó dos ministerios. Un año y medio después de la confiscación de sus ahorros, su empobrecimiento y la falta de trabajo, regresaban a casa).

El 14 de mayo de 2003, Carlos Menem anunció que se retiraba de la segunda vuelta. Solo faltaban cuatro días para concretar el primer ballotage de la historia política argentina, el que paradójicamente era posible a través de la reforma constitucional del ’94, que el propio ex presidente auspició para lograr su reelección. El riojano no aceptó el fracaso. Las encuestas mostraban que la cosa sería muy difícil, hasta en su propia provincia.
«La existencia de una campaña sistemática de difamación y calumnias contra mi persona orquestadas desde el comienzo del gobierno de la alianza y continuada durante el actual gobierno de transición ha generado las condiciones para que una importante franja de la opinión pública se pueda ver virtualmente sometida esta vez al acto de violencia moral de tener que escoger un candidato presidencial al que apenas conocen y en el que no confían», dijo el ex presidente cuando tiró la toalla.

Con esta función, coronó una década de protagonismo central en el proceso de destrucción de la política y en particular del peronismo. El riojano impidió que el próximo presidente asumiera legitimado por las urnas, después del 22% en primera vuelta y lo dejó a la intemperie ante sus viejos amigos del establishment. Lo imaginaban cercado, débil, manejable. Un verdadero desaire al sistema, a través del cual el riojano también se cobró viejas facturas.
La legitimidad que Menem le negó en las urnas en 2003, Néstor la consiguió en las legislativas dos años más tarde.