El resultado deportivo soñado, le dejó a la última dictadura argentina un efímero rédito político. Una corta estela que no alcanzó para silenciar, lo que Buenos Aires bautizó como la «campaña anti-argentina». No tapó los crímenes del terrorismo de Estado y solo mostró un clíma de paz, tan cínico como hipócrita, que comenzó a desnudarse ante el mundo al año siguiente con la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Un torneo que no le sirvió a Massera para construir su plataforma de lanzamiento como candidato presidencial, ni pudo cubrir el terrible resultado de la ausencia de un aparato productivo mal herido por las importaciones.

