Menem-Milei: En la Argentina del siglo XXI, lo nuevo pasó hace tres décadas…

La designación en el gabinete de Milei de sobrevivientes poco ilustres del menemismo, provocó la reaparición de veteranos dirigentes de aquel gobierno. Guardados durante casi 30 años, algunos sintieron que una autorización invisible, los invita a salir a la calle con la frente bien alta.
Dos casos, Carlos Corach y Alberto Kohan. Ambos consideraron que los anuncios que realizó el presidente electo representan «un reconocimiento» a las políticas implementadas en los años 90. «Bienvenido al menemismo», sentenció Corach a Javier Milei. El exministro del Interior, le aconsejó «amplitud de criterio para ser tolerante con las ideas ajenas y que sea respetuoso de la Constitución».
No dijo nada con relación a anotar en una servilleta, los apellidos de los jueces propios que le garantizan mayoría automática en la Corte y el freno en tribunales inferiores de las causas por corrupción. Porque en eso, Corach fue experto.  
Kohan señaló que «En el fondo Milei es menemista, porque reconoce lo que Menem hizo durante su gobierno. Ojalá sepa cómo aplicar la autoridad».

Por supuesto que el regreso del apellido Menem para ocupar desde la presidencia en Diputados, un lugar de privilegio en la línea sucesoria, no es poca cosa.
O que se haya optado por Rodolfo Barra, el dos de Dromi cuando la Ley de Reforma del Estado, un rato antes que su pasado como militante nazi saliera a la luz. Si sos demasiado joven y votaste a Milei empilchado de animé, te cuento que después de su paso por el Ministerio de Obras Públicas, Barra ejerció como ministro de la Corte Suprema de Justicia entre 1989 y 1993 y luego como ministro de Justicia entre 1993 y 1996, hasta que renunció por sus vínculos con grupos de la ultraderecha argentina.
“Si fui nazi me arrepiento”, fueron sus únicas palabras para tapar el pasado con un dedo; mientras se daba cuenta que de algunas cosas, uno nunca es ex.​

En los ’90, las leyes de perdón congelaron los sueños de justicia. La concentración económica desactivó por completo la quimera de la distribución. La deuda externa limpió las arcas de una economía enferma. El primer golpe blando acortó el mandato de Alfonsín. Las “relaciones carnales” guardaron bajo siete llaves la soberanía. Las privatizaciones saquearon al Estado. La convertibilidad terminó con la moneda. El pragmatismo apagó, por casi una década, las ideologías antisistema. 

Menem montó un desarmadero del justicialismo, a través del único proceso de desperonización generado desde las entrañas del movimiento. Con la “reinterpretación” doctrinaria del peronismo que encabezó el caudillo riojano, se cumplió el sueño de Augusto Timoteo Vandor. El autor de “El peronismo sin Perón”, aquel eufemismo que escondía la jubilación anticipada del líder en manos del sindicalismo dialoguista con el “onganiato”, quizás no solo pretendía cambiar de collar, posiblemente también buscaba otro perro.
Una historia que no se puede contar en singular, creyendo que la traición la ejecutó un solo hombre. Debe relatarse en plural, con muchísimos apellidos responsables de la “proscripción” a la fue condenado el movimiento en los ’90.
Una estafa al principal capital del peronismo, sus trabajadores. La Argentina de la “Revolución productiva” fue sinónimo de aumento del desempleo, baja del salario, informalidad, cuentapropismo y pasantías. El deterioro de las condiciones laborales no fue un daño colateral, porque la fragilidad del mundo del trabajo siempre es el objetivo central. Se impuso, en esos años, una flexibilización que se naturalizó cuando la opción fue explotación o hambre.

La borrachera de privilegios de la última dictadura fue tan grande que, para el capitalismo local, aquel alfonsinismo, cercado y malherido por la pata civil del golpe, le parecía irrespirable. Impedirle a Alfonsín cumplir su sueño de entregarle, en tiempo y forma, la banda presidencial a otro ciudadano fue pura nostalgia del pasado cercano.Primero, los apagones, después Tablada, luego la híper y más tarde los saqueos. La entrega anticipada del poder fue una victoria de los que rápidamente le encontraron la vuelta a dar golpes de Estado imperceptibles en plena democracia. El voto peronista, que había confiado en Menem para salir del “no se puede”, no supo cuándo fue a las urnas que usaron su voluntad para cavar la fosa donde, por casi 14 años, uedaron sepultadas sus ilusiones. De pronto, el partido político que edificó el Estado moderno lo regalaba por monedas a su histórico enemigo. El Consenso de Washington daba las órdenes y palabras como derechos, independencia y soberanía abandonaron el diccionario por un tiempo demasiado largo. 

Con la traición política como intermediaria, las corporaciones saquearon a la Argentina entre 1989 y 2001, sin necesidad de tanques en las calles, ni marchas militares encabezando cadenas nacionales. Nuevamente el botín de guerra fue la industria nacional. Demonizaron la sustitución de importaciones. Otra vez el poder real congeló la distribución de la riqueza y generó una colosal transferencia de recursos para quedarse con los salarios de los trabajadores.