La militancia del odio y el atentado contra Cristina: Ultimo capítulo, de una historia muy vieja

CAUSA PENDIENTE (Radio Nacional, sábado 17 de septiembre de 2022)

El odio es la forma más tóxica de la construcción política, utilizada por el hombre en su necesidad de acumular poder. Algo que ha sucedido en todos los tiempos y en todo el mundo. El odio requiere de un socio inseparable, la violencia; la que se nutre de estímulos emocionales que inhiben cualquier explicación racional. Odio y violencia van de la mano, son inseparables y arremeten contra toda argumentación, que intente imponer un hilo de ideas para detener su avance devastador.

Acaso dos de los muchos ejemplos planetarios que existen, alcancen para ilustrar la acción demoledora de la dupla odio-violencia, apuntando siempre a desaparecer al otro para adueñarse de la «verdad». En primer lugar el nazismo, señalando a una colectividad religiosa como la culpable de todos los males y así ocasionar una despiadada persecución, tortura y muerte de millones de judíos. El segundo fue el lanzamiento desde aviones estadounidenses, de dos bombas atómicas, que fueron arrojadas sobre las poblaciones civiles de Hiroshima y Nagasaki, masacrando miles de vidas y condenando a futuras generaciones japonesas, a padecer las consecuencias hereditarias de la radiación.
Dos crímenes de lesa humanidad, de los más horredos que entregó el Siglo XX y que fueron concebidos bajo la cobertura del odio.

Podemos sintetizar nuestra historia del odio en la persecución a poblaciones originarias, como «La masacre de Napalpí» en 1924 y tres décadas más tarde, en el bombardeo a Plaza de Mayo en 1955. Dos capítulos argentinos entre muchísimos en 212 años de historia, que reflejan como la fuerza del odio se instaló y extendió en nuestra sociedad, tallando peligrosas divisiones antagónicas que se llevaron demasiadas vidas.

El 13 de diciembre de 1828 el coronel Manuel Dorrego, gobernador y capitán general de la provincia de Buenos Aires, murió fusilado en Navarro sin proceso ni juicio previo, por orden del general Juan Lavalle. En esa localidad bonaerense, se había librado una batalla que ganaron los unitarios. Dorrego pidió ser exiliado a Estados Unidos y Lavalle estuvo a punto de concederle esa condición. Pero recibió la propuesta «fusiladora» de varios ilustres influyentes, que descargaban su odio como si se tratara de un brote patriótico.

Uno de ellos fue Salvador María del Carril, quien años más tarde sería vicepresidente de la Nación y titular de la Suprema Corte de Justicia. Del Carril le escribió a Lavalle, para que no dude en fusilar a Manuel Dorrego: «La espada es un instrumento de persuasión muy enérgico, prescindamos del corazón en este caso, sino habrá usted perdido la ocasión de cortar la primera cabeza a la hidra y no cortará las restantes».

Domingo Faustino Sarmiento publicó en el “Facundo” (1845), Civilización o Barbarie, haciendo referencia a que indios y gauchos, simbolizados en Facundo Quiroga, eran el salvajismo, mientras que los blancos europeizados representaban la cultura. Esa disyuntiva entre el bien y el mal, reapareció en estos días con el “ellos o nosotros” del diputado nacional de la extrema derecha, Ricardo López Murphy.

Sarmiento fue más lejos aún en su diatriba odiadora, contra las poblaciones autóctonas. En una carta que le envió a Bartolomé Mitre le solicitó que “No ahorre sangre de gauchos, es lo único que tienen de humano, es un buen abono para la tierra”. En otro mensaje le dijo: “Si el general Sandes mata, déjelo matar, no le ponga límites a su accionar porque hay que desaparecer a toda esa gente”.

Sarmiento y Mitre ocuparon durante 12 años la Presidencia de la Nación, formaron parte de un período que superó las cuatro décadas relacionadas al pensamiento de la llamada generación del ‘80, que se completó con las presidencias de Nicolás Avellaneda y Julio Roca, este último en dos oportunidades.
La impronta de esta etapa, dejó dolorosas huellas que se extendieron hasta el inicio del Siglo XX, que terminaron potenciando una mirada de desprecio hacia determinados sectores de nuestra población.

El odio estaba instalado como una respuesta del poder real a la rebelión de los pobres, que buscaban condiciones laborales dignas. Se naturalizaron los asesinatos ordenados por Ramón Falcón en 1909, las muertes de la Semana Trágica en 1919, la masacre de La Forestal y los fusilamientos de la Patagonia en 1921 y la masacre en la localidad chaqueña de Napalpí en 1924.

El primer gobierno con bases populares del siglo pasado, llegó de la mano del radicalismo yrigoyenista. Pese a su perfil de mayor empatía con la base social del país, no pudo resistir el avance demoledor de la infamia difundida por los principales diarios de la época. que representaban los intereses de la fracción conservadora. El golpe que derrocó al “Peludo”, instalando al general Uriburu en Casa Rosada, habilitó un nuevo capítulo de la barbarie de los civilizados.
“Uriburu es mejor que San Martín; porque Uriburu echó y nos libró de la chusma y la bajeza de los radicales. Todos unos canallas. En cambio, San Martín echó a los españoles que, al fin y al cabo, eran personas decentes», así describió el escritor entrerriano Manuel Gálvez, al primer golpe cívico militar de la historia argentina.

Cuando Gálvez detalló el listado de protagonistas de la destitución de Yrigoyen, comenzó por las páginas del diario “Crítica”, de Natalio Botana: “Con sus trescientos mil ejemplares diarios, sus títulos sensacionales, sus verdades y sus mentiras, su animación, su colorido, constituye una fuerza formidable. Cada día hace varios millares de revolucionarios. Y en su edificio de Avenida de Mayo se reúnen a conspirar los diputados socialistas, algunos conservadores, diversas personas apolíticas y el general Justo y otros militares. Crítica fue el principal foco de subversión”.
Gálvez fue más explícito aún al señalar que “La masa revolucionaria está formada por los jóvenes de las familias distinguidas, muchos de ellos influidos por las ideas fascistas. En cada casa hay uno o dos revolucionarios, a veces de 17 y aún 16 años que poco o nada saben sobre el gobierno de Yrigoyen. Lo odian con un odio de clase. No quieren echarlo abajo por interés personal, sino por patriotismo, por decencia. Están convencidos que, empezando por Yrigoyen, los radicales son ladrones y no se bañan”.

Sería durante el segundo período de raíz popular, encabezado por Juan Domingo Perón, cuando aparecieron las reacciones más virulentas, el odio más exacerbado contra un movimiento nacional y popular. Las políticas de justicia social y una mejor distribución de la riqueza nacional fue el emergente directo del odio revanchista, ejercido sin límites desde un totalitarismo capaz de bombardear, fusilar y hasta decretar la prohibición de nombres y palabras. Amparados en una cruel borrachera de impunidad, intentaron arrancar del pasado la distribución de la riqueza, los sueldos dignos, los derechos laborales, la calidad de vida y el país soberano. Gritaron “Viva el cáncer” y mataron abrazados al “Cristo vence”.

La autoproclamada revolución “Libertadora”, avisó su llegada bombardeando la Plaza de Mayo durante horas asesinando a cientos de personas, entre ellos niños llegados de una provincia para conocer Buenos Aires. La ciudad los recibió con una lluvia de bombas y una de ellas cayó sobre el micro en el que viajaban. El odio no distingue edades, arrasa sin medir consecuencias. Curioso y cruel bautismo de fuego, de los aviones de la Armada Argentina.
Durante décadas el número de víctimas en aquella Plaza de Mayo del invierno de 1955, se transformó en un cálculo aproximado. Los nombres y apellidos de los ejecutados desde el aire, fueron sepultados por la dictadura que terminó con el gobierno peronista. Pasaron más de 50 años, hasta que fueron rescatados del olvido.

Cuando el odio ganó la pulseada la furia se desplegó en diversas direcciones. El decreto 4161 estableció prohibir en todo el territorio de la Nación: «Las imágenes, símbolos, signos, expresiones significativas, doctrinas artículos y obras artísticas, la utilización de la fotografía retrato o escultura, el escudo y la bandera peronista, el nombre propio del presidente depuesto, el de sus parientes, dichos objetos ofenden el sentimiento democrático del pueblo Argentino y constituyen para éste una afrenta que es imprescindible borrar”
Creyeron que matando las fotos, ya nadie recordaría sus rostros. Que prohibiendo la marcha, todo el mundo se olvidaría sus versos. Que decapitando estatuas a martillazos, el pasado se desmoronaría por decreto.

El monumento al odio argentino, fueron las consecuencias de la implementación del terrorismo de Estado, a partir de marzo de 1976. Se instaló bajo una batería de argumentos que formaron parte de la cultura dominante en los años de oscuridad y muerte de la época. Acaso sea el “por algo será”, uno de los principales latiguillos levantados por el medio pelo nacional para justificar su inacción en el intento de buscar explicaciones para lo que veía a su alrededor.

Los medios masivos de comunicación fueron artífices centrales para consolidar nuevos paradigmas del odio. Le dieron la bienvenida a la junta militar, desestimaron las denuncias por torturas y desaparición de personas y hasta terminaron asociándose a negocios manchados con sangre. Los dos diarios principales se apoderaron del abastecimiento del principal insumo para los gráficos, el papel.

Pocas semanas después del golpe, Clarín publicó en su edición del 22 de abril: “La censura a la prensa impuesta el 24 de marzo duró solo 36 horas. Desde entonces el progresivo retorno a la normalidad en todos los órdenes y la fluida comunicación con el gobierno y los diarios la han reducido al cumplimiento de normas indicativas”.
Todo esto sucedía mientras más de 200 periodistas desaparecían, miles marchaban al exilio y muchísimos medios eran clausurados. Diarios como “La Mañana” (Entre Ríos), “La Arena” (La Pampa), “El Independiente” (La Rioja), “Crónica” (Comodoro Rivadavia), “Los Principios” (Córdoba), “La “Epoca” (Corrientes) y “La Opinión” (Buenos Aires), entre otros.
La mayoría sufrían esas persecuciones, por informar sobre denuncias de personas desaparecidas.

Desde la última recuperación de la vida democrática, con mucho esfuerzo se vienen desarrollando juicios por la verdad, así enmarcados para poder no solo poner entre rejas a quienes cometieron delitos de Lesa Humanidad. Estos juicios se transformaron valores, constituyeron los cimientos culturales de las sociedades por venir.
El verdadero valor de estos juicios, no está solo en el castigo por un delito aberrante, sino en lo que representan culturalmente los odiadores; estableciendo parámetros de convivencia que nos igualen ante la ley y ante la mirada del otro. No se trata de reescribir la historia, es observar los hechos con otra categoría cultural. Es una de las formas de combatir la violencia que genera el odio.