Trelew 1972: Semillas de terrorismo de Estado

CAUSA PENDIENTE (Claudio Leveroni, Gustavo Campana y Juan Alonso), Radio Nacional 20 de agosto de 2022

«Como una forma de tirar la historia al fuego de la inquisición, sin entender que hay cosas que no puede matar la muerte, no se cansaron de sembrar de cadáveres el pasado. Antes de Trelew en Siglo XX, la Semana Trágica, los fusilamientos de la Patagonia, la masacre de Napalpí, los asesinatos en la huelga de La Forestal, el bombardeo a la Plaza, los fusilamientos del ’56 y el Plan Conintes. Después Triple A, 30 mil desaparecidos, la derrota de Malvinas, Víctor Choque, Teresa Rodríguez, 39 muertos en diciembre de 2001, los asesinatos de Kosteki y Santillán, el asesinato de Fuentealba, Mariano Ferreyra, Santiago Maldonado, Rafael Nahuel y todos los nombres que conforman una lista tan extensa, como dolorosa…

El 16 de junio de 1955, se inició en la Argentina un ciclo de violencia institucional contra el pueblo, protagonizado por Fuerzas Armadas que se convirtieron en “fuerzas de ocupación” de su propia tierra.
El bombardeo a Plaza de Mayo tiró toneladas de explosivos sobre los derechos laborales, la Constitución de 1949, la industria nacional recién parida, el sistema de salud de Ramón Carrillo, la urgencia reparadora de la Fundación Eva Perón, la independencia económica, la soberanía política y la justicia social.
La victoria golpista de la “Libertadora”, tres meses después del bombardeo, “legitimó” el ataque a una población indefensa y la impunidad de la que gozó, primero generó que el poder real la arrancara de los libros de historia y después proyectó el decreto 4161, el ingreso al Fondo Monetario Internacional y los fusilamientos del ’56. El golpe del 1955 generó que aparecieran en escena el Ejército liberal que recibía órdenes de Washington las “democracias” con mayoría proscripta, el Plan Conintes, el golpe de Onganía, los fusilamientos de Trelew, la Triple A y el genocidio perpetrado por la última dictadura.
Las Fuerzas Armadas avanzaron con sentido de eternidad, soñando con la proscripción eterna del peronismo y frente a este panorama desolador, cuando todos se preguntaban cómo y cuándo volverá, el general tranquilizaba a los propios y ponía en pie de guerra a los extraños: “Yo no haré nada para regresar, todo lo harán mis enemigos».
Después llegaron los mensajes desde Puerta de Hierro hablando de trasvasamiento generacional; los aciertos y errores de un peronismo multifacético donde convivían la Resistencia, Uturunco, Taco Ralo, la Tendencia, Montoneros y la burocracia sindical.
El escenario era muy complejo para los militares. El laberinto en el que había quedado encerrada la anteúltima dictadura del siglo XX, después del “Cordobazo”, el secuestro de Aramburu y la presión en la calle de una nueva generación política embanderada en el “Luche y vuelve”.
En febrero de 1972, Perón publicó uno de sus últimos documentos titulado, «La única verdad es la realidad». En ese texto analizaba las condiciones económicas y políticas del país y planteaba que la solución era llamar a elecciones nacionales en el plazo más breve posible. 
También recomendó tomar una serie de medidas urgentes, como el incremento del salario real, una moratoria amplia y generosa, la reducción de la presión impositiva, la elevación de los niveles de protección de la industria local y líneas de crédito ágil y barato.
Julio de 1972. Perón volvió a moverse en un tablero repleto de trampas y obstáculos, pero a pesar del campo minado que armó la “Revolución Argentina”, puso en jaque al gobierno de Lanusse. Declaró a la prensa, que la dictadura había mantenido con él una serie de reuniones, entre junio de 1971 y abril de 1972, con el único objetivo de sobornarlo para que no sea candidato.
Como prueba de esos contactos, mostró una serie de cintas de sus conversaciones con el coronel Cornicelli (secretario de la presidencia de Lanusse) y un documento firmado por Elías Sapag, por el cual se le ofrecían cuatro millones de dólares a cambio de que no lanzara su candidatura para las futuras elecciones.
El 7 de julio de 1972, en la cena de camaradería de las Fuerzas Armadas, Lanusse anunció que para ser candidato a presidente, se debería renunciar a cualquier cargo en el gobierno, con lo cual, se autoexcluía.
Pero sentenció también, que cualquier aspirante debía fijar residencia en el país antes del 25 de agosto de 1972. Le apuntaba exclusivamente al Perón que residía en España.
Como si esto fuera poco, la dictadura estableció que si ninguna fórmula alcanzaba el 50% de los votos válidos, se llamaría a una segunda vuelta y multiplicaba la amenaza de una derecha sumando porotos de distintos colores para intentar vencer al pueblo.
«Lanusse parece que se autoproscribió al invitarme que hiciera lo mismo, pero su situación no es la misma que la mía.  La misma posibilidad que tengo yo de ser rey de Inglaterra, es la que tiene él de ser presidente constitucional de la República Argentina». Con esta frase, el general Perón hizo público que no aceptó las reglas impuestas por la dictadura y denunció la cláusula de residencia como una nueva maniobra destinada a su proscripción.
Lanusse respondió el 27 de julio en el Colegio Militar y volvió al ataque: «Pero aquí no me corran más a mí, ni voy a admitir que corran más a ningún argentino, diciendo que Perón no viene porque no puede.  Permitiré que digan: porque no quiere.  Pero en mi fuero íntimo diré: porque no le da el cuero para venir».
Las distintas tonalidades ideológicas de la juventud argentina que había tomado el camino de las armas, mostró en Trelew su decisión de comenzar a transitar un difícil camino de entendimiento. Y posiblemente, la entrega frente a las cámaras de televisión, los periodistas y el juez federal de Rawson, mostró que estaba también dispuesta a negociar política en el futuro inmediato.
A partir de esas muertes, los dos grandes protagonistas de la política argentina de principios de los ’70, comenzaron a acelerar sus decisiones. Perón y Lanusse radicalizaron su discurso, mientras la dictadura se deshilachaba.
La masacre de Trelew, el 22 de agosto de 1972, fue el principio del fin de la dictadura que había parido Onganía seis años antes y a su vez, fue el espejo que adelantó la noche más oscura.
El 15 de agosto, 25 presos políticos intentaron fugar del penal de Rawson, abordando un avión rumbo a Santiago de Chile. Una cárcel considerada de “fuga imposible”, donde estaban encerrados 82 personas por delitos comunes y como rehenes de la dictadura, 166 militantes de Montoneros, Ejército Revolucionario del Pueblo y Fuerzas Armadas Revolucionarias.
En el aeropuerto de Trelew, 19 integrantes de las organizaciones revolucionarias, quedaron en manos de los uniformmados y solo seis pudieron escapar: Vaca Narvaja, Quieto, Osatinsky, Santucho, Menna y Gorriarán Merlo.
El capitán de Corbeta Luis Sosa, negoció la rendición. Todos se entregaron a cambio de volver al penal.
Fieles a su naturaleza, aquellos militares formateados por West Point en plena “guerra fría”, violaron el acuerdo que las partes habían sellado ante un juez y los detenidos fueron trasladados a la base Aeronaval Comandante Zar, una verdadera fortaleza de la Marina, con tres mil hombre en su interior. Allí los cuadros de las tres organizaciones armadas, fueron torturados.
El 21 de agosto el gobierno chileno de Salvador Allende, a través de su embajador en Buenos Aires y el canciller de la dictadura argentina, dialogaron por última vez. No hubo acuerdo para la deportación de los militantes revolucionarios. Cuando el diálogo se cortó, el ministro de Relaciones Argentinos, Eduardo Mac Loughlin, fue a Casa Rosada para transmitir la derrota y posiblemente a comenzar a planificar la muerte de los que no habían podido llegar al avión.
En la madrugada del 22 de agosto, fusilaron a 16 militantes. 11 eran del ERP, tres de FAR y dos de Montoneros. La historia oficial necesitó hablar de un intento de fuga, para justificar los asesinatos.
La población engañada por una incipiente “batalla cultural”. Primero tallaron los cables que instalaron mentiras para desarrollar la confusión: “Enfrentamiento entre militares y detenidos” e “Intento de fuga”, fueron los primeros títulos que portaban noticias que hablaban de 13 o 15 muertos.
La victimización de las Fuerzas Armadas, quedó reflejada en los mensajes del general Lanusse del 24 de agosto y el vicealmirante Hermes Quijada, se encargó de pronunciar la versión de la Armada.
Sacaron de las celdas a los detenidos, ordenaron formar dos filas en el pasillo y finalmente el fusilamiento. 16 muertos y tres sobrevivientes.
El grupo que llegó a Chile, luego voló a La Habana. El 13 de octubre de 1972, a casi dos meses de la fuga del Penal de Rawson, en un patio donde funcionaba Radio Habana Cuba, tres de los seis dirigentes argentinos, Roberto Quieto, Fernando Vaca Narvaja y Mario Santucho, dialogaron con el periodista Orlando Castellanos.
En la campaña electoral de marzo de 1973, Ortega Peña, uno de los abogados de los presos de Trelew, prometía llegar a su banca para investigar el hecho “hasta las últimas consecuencias” y demostrar que a los “patriotas, que soñaban con una patria liberada”, los mató el “Ejército de ocupación” como hace 16 años fusiló al Gral. Valle.
Como una forma de tirar la historia al fuego de la inquisición, sin entender que hay cosas que no puede matar la muerte, no se cansaron de sembrar de cadáveres el pasado. Antes de Trelew en el siglo XX, la Semana Trágica, los fusilamientos de la Patagonia, la masacre de Napalpí, los asesinatos en la huelga de La Forestal, el bombardeo a la Plaza, los fusilamientos del ’56 y el Plan Conintes.
Después Triple A, 30 mil desaparecidos, la derrota de Malvinas, Víctor Choque, Teresa Rodríguez, 39 muertos en diciembre de 2001, los asesinatos de Kosteki y Santillán, el asesinato de Fuentealba, Mariano Ferreyra, Santiago Maldonado, Rafael Nahuel y todos los nombres que conforman una lista tan extensa, como dolorosa…