Apareció Quintana, por entonces presidente de la Nación; donó los campos que hacían falta y se terminó el problema. Se trataba de un punto del mapa bonaerense, que aún no tenía bautismo. Quizás porque estaba entre dos pueblos (10 kilómetros de Bragado y 17 de Alberti), nadie había soñado otro destino para ese paraje.
Pero un gigante depósito de locomotoras y una playa de maniobras del del Ferrocarril Oeste, se encargaron de torcer la historia. Dos años después, comenzaron a construirse los talleres y las casas de los “colonos” ferroviarios y en 1910, se inauguró la estación: Mechita.
En la década del ’50, los trenes ya eran nuestros y el pueblo tenía cerca de 5 mil habitantes. Las primeras 118 casitas con estilo británico, ya no alcanzaban y el pueblo se ensanchó sus límites.
En la época de oro, corrían por Mechita 7 trenes diarios de pasajeros, hacia y desde Capital Federal y más de 10 servicios locales a Bragado, para transportar a los trabajadores.
Esta es la historia de un pueblito, atada a la industria nacional, a la decisión política de manejar un resorte fundamental de su economía como el transporte. Se trata de familias que le pasaron a las nuevas generaciones, el oficio ferroviario como herencia.
Había proyecto de vida, salarios, comercios, industrias, escuelas…
En octubre de 1992, me mandaron a Bragado (Radio Rivadavia). La economía del pueblo giraba alrededor de “Aceros Bragado” y la empresa estaba en quiebra. Había que contar, cómo se moría el pueblo que por entonces gobernaba Ernesto Figueras, un ex secretario de Agricultura de Alfonsín, que era miembro de la Sociedad Rural. “No podemos hacer nada”, me dijo Figueras cuando me dio una nota en la estancia donde criaba caballos.
El neoliberalismo quería sacar del medio a la acería, para servirle en bandeja el monopolio del ramo a SOMISA. Aquella empresa que había creado el Estado y que a partir del ’91 se había privatizado. Había caído en manos de Techint y Menem le había prometido exclusividad.
Cuando llegué al pueblo, un periodista local me dijo: “Si cierran Aceros, vamos a convertirnos en un pueblo fantasma como Mechita. Mañana te llevo”.
La Ley de Reforma del Estado del menemismo, hacía casi tres años que estaba terminando con todo y con todos. Los talleres del Sarmiento, esos que se habían construido sobre tierras de Quintana, estaban vacíos. Un par de trenes abandonados, algunos jóvenes que resistían y muchos viejos que no tenían adónde ir. Ser ferroviario, estaba dejando de ser sinónimo de trabajo, si la estructura nacional estaba siendo desmantelada.
Estábamos pisando un pueblo fantasma; uno de los casi 400 que murieron cuando dejó de pasar el tren que llevaba pasajeros, agua, correo, vacunas…
El mismo destino tuvieron La Banda (Santiago del Estero), Las Marianas (Buenos Aires) y Laguna Paiva y San Cristóbal (Santa Fe).
El pasado tiene tatuado en la piel, qué pasó cuando amenazaron con matar la vida de muchos, por encargo de pocos. El dolor todavía se siente, las heridas no cicatrizaron…, sin embargo ya se vuelven a sentir los viejos síntomas de una enfermedad que regresa con necesidad y urgencia.
La señal de alarma, la encendió Fray Luís Beltrán, en la provincia de Santa Fe (poco más de 30 kilómetros de Rosario); luego del cierre de Ar-Zinc.
400 despedidos y cerca de 500 trabajadores paralizados, que dependen de proveedores directos de Ar-Zinc, una planta que junto a otras dos fábricas (Brasil y España), son las únicas que producen ácido sulfúrico y zinc electrolítico. La quita de retenciones a las empresas mineras, generó un negocio mayor para las multinacionales: la salida de los minerales, sin valor agregado. Por lo tanto, Ar-Zinc no tiene razón de ser. La materia prima que utiliza, es adquirida a Minera Aguilar, una empresa que pertenece al grupo Glencore, también propietaria de Ar-Zinc.
Otro factor negativo indirecto. Fray Luis Beltrán tiene 20 mil habitantes y la mitad de los sueldos municipales los pagaba con los impuestos de Ar-Zinc. Ahora, el destino de la recaudación fiscal está marcado y gran parte del futuro del pueblo, también.
Pasaron tres meses y al balance del regreso del neoliberalismo, ya tenés que sumar un futuro pueblo fantasma. Nada nuevo. Donde había proyectos de vida, salarios, comercios, industrias y escuelas…, solo sobrevivirán los que estén aptos para bancarse los diez mandamientos del mercado.
Las dos historias, la de Mechita y la de Fray Luis Beltrán, están unidas por un factor común. No son producto de fatalidades, no están ligadas a desastres de la naturaleza…, son decisiones políticas. Detrás hay hombres y mujeres, que digitan quien vive y quien muere.

