“El fanatismo es la única fuerza que Dios le dejó al corazón, para ganar sus batallas. Es la gran fuerza de los pueblos: la única que no poseen sus enemigos, porque ellos han suprimido del mundo todo lo que suene a corazón. Por eso los venceremos, porque aunque tengan dinero, privilegios, jerarquías, poder y riquezas, nunca podrán ser fanáticos, porque no tienen corazón. Nosotros sí. Ellos no pueden ser idealistas, porque las ideas tienen su raíz en la inteligencia, pero los ideales tienen su pedestal en el corazón” (Evita, “Mi mensaje”).
Un huracán político repleto de derechos. Apenas seis años sin ocupar puestos oficiales, ni cargos electivos; pero vividos de la mano del mandato natural, que nació incondicional desde abajo. Seis años, nada más. Un pequeño instante en la historia de una Nación, pero le alcanzó para atropellar al pasado.
Su palabra, compartida con la multitud o escrita en soledad, siguen sonando a futuro. Habló de justicia, libertad, dolor, esperanza, odio, rebelión, enemigos, traidores, explotación, imperialismo, mediocres, fanáticos, héroes, santos y mártires.
Vivió y murió por ellos. Por todos los que dignificó a fuerza de derechos, voto femenino, salarios justos, barrios obreros, ciudades para niños y estudiantes, hogares-escuelas, hospitales, casas para madres solteras, máquinas Singer, sidras, pan dulce, muñecas y pelotas. Como gracias nunca alcanza en estos casos, cuando el pueblo no podía nombrarla armó altares con su foto en un rinconcito de su casa y encendieron velas que jamás dejaron de ser luz.
Construyó el primer mandamiento. Una definición genética, una marca de identidad, donde no hay espacio para grises, ni para reinterpretaciones pragmáticas: “El peronismo será revolucionario, no será nada”.
Evita enfrenta en tiempo presente a los “Viva el cáncer” y a los que tres años después de su muerte, bombardearon la plaza. Solo se animaron a pelearla, postrada y embalsamada. “Estén alertas. El enemigo acecha. No perdona jamás que un hombre de bien, que un argentino como el general Perón, esté trabajando por el bienestar de su pueblo y por la grandeza de la Patria. Y los vendepatrias de adentro, que se venden por cuatro monedas, están también en acecho para dar el golpe en cualquier momento. Pero nosotros somos el pueblo y yo sé que estando el pueblo alerta, somos invencibles porque somos la patria misma” (1 de mayo de 1952).
Ultimo mensaje. El 1 de mayo de 1952, Evita habló por última vez en desde el balcón de la Casa Rosada; el día que dejó la importancia de la huella del peronismo en manos de la historia: “Quienes quieran oír, que oigan; quienes quieran seguir, que sigan”.
El pueblo trabajador y humilde de la patria, “contra la opresión de los traidores de adentro y de afuera, que en la oscuridad de la noche quieren dejar el veneno de sus víboras en el alma y en el cuerpo de Perón, que es el alma y el cuerpo de la patria”. Los enemigos “no lo conseguirán, como no ha conseguido jamás la envidia de los sapos acallar el canto de los ruiseñores ni las víboras detener el vuelo de los cóndores. No lo conseguirán, porque aquí estamos los hombres y las mujeres del pueblo, mi general, para custodiar vuestros sueños y para vigilar vuestra vida, porque es la vida de la patria, porque es la vida de las futuras generaciones, que no nos perdonarían jamás que no hubiéramos cuidado a un hombre de los quilates del general Perón, que acunó los sueños de todos los argentinos, en especial del pueblo trabajador. Yo le pido a Dios que no permita a esos insectos levantar la mano contra Perón, porque ¡guay de ese día! Ese día, mi general, yo saldré con el pueblo trabajador, yo saldré con las mujeres del pueblo, yo saldré con los descamisados de la patria para no dejar en pie ningún ladrillo que no sea peronista”.
Y por último, soñó que cada derecho, cada conquista, serían parte de las reglas de juego de un país, que ya no podría dar un solo paso hacia atrás: “No nos vamos a dejar explotar jamás por los que, vendidos por cuatro monedas, sirven a sus amos de las metrópolis extranjeras; entregan al pueblo de su patria con la misma tranquilidad con que han vendido el país y sus conciencias”.

