Durante el kirchnerismo la oposición política mintió, una parte de la familia judicial sentenció que ese engaño era cierto y las vacas sagradas del país mediático se encargaron de modificar la vida de millones, con datos irreales que ella misma imprimió con valor documental. Una auténtica asociación ilícita, para cambiar el curso de la distribución de la riqueza, el desendeudamiento, la industrialización, la ciencia y la tecnología propia, la soberanía, la defensa de la Patria Grande y una larga lista de etcéteras.
El plan fue generar una especie de «Plan Cóndor» mediático, para combatir a la inédita multiplicación de gobiernos nacionales en América latina. Se produjo a fines de los 90, el lanzamiento continental del periodismo hegemónico como partido político. En democracia volvían a servir al mismo «poder real» del que habían sido mucamos en las dictaduras setentistas.
Son voces que hablan en nombre de los poderes fácticos, para impulsar golpes blandos contra los gobiernos populares (Manuel Celaya, Honduras 2009), basados en el resultado asegurado de cualquier simulacro de juicio político (Fernando Lugo, Paraguay 2012 y Dilma Rousseff, Brasil 2014); golpes de Estado clásicos (Evo Morales, Bolivia 2019 y los intentos fallidos por derrocar a Chávez en 2002 y a Correa en 2010) y finalmente, en condenas judiciales con certezas y sin pruebas (Lula, Brasil 2017; Correa, Ecuador 2020 y Cristina, Argentina 2025).
Esos medios de comunicación, pusieron huevos en centenares de canastas y diversificaron tanto su estructura económica, que cuándo dicen hacer periodismo, en realidad siempre están declarando en defensa propia.
En el marco de esta historia de terror, el diario «La Nación» fue parte del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, que integraron 109 medios de comunicación de 76 países, que publicó en simultáneo el 3 de abril de 2016, los Panamá Papers. «La tribuna de doctrina» tuvo los datos que pudieron cambiar el rumbo de la elección presidencial en su redacción, en plena campaña 2015. Su silencio cómplice fue fundamental, para sostener la candidatura y el triunfo de Cambiemos.
Buenos Aires, abril de 2026. Después de escuchar a 27 imputados que relataron las amenazas sufridas por representantes de la Justicia Federal para culpar a Cristina en tiempos de Mauricio Macri presidente; se esperaba un contragolpe del «poder real». Un ancho de espadas que desplace de la segura victoria al enemigo, que transforme en cenizas al de bastos que cayó sobre la mesa con la fuerza de lo irreversible.
Sin embargo la palabra del periodista de «La Nación» Diego Cabot, confirmó que fue el Walt Disney de esta trama. El también abogado, dato que tendría que operar como agravante, solo aportó su capacidad técnica para falsificar la verdad.
Cabot fue por un rato la excavadora de Marijuan buscando guita que el fiscal nunca encontró en Santa Cruz; fue tan ridículo como los mazazos de Bonadío en Recoleta o Calafate para quedarse con el tesoro que jamás apareció y se pareció demasiado, al olvidado Danilo Adolfo Penissi, aquel que le dijo al juez de la «servilleta de Corach», que vio como se sacaban 40 bolsos con billetes del mausoleo de Néstor. Solo le faltó gritar, que en el ARSAT la «señora» había guardado un PBI.
«Me tomé licencias literarias», dijo bajo juramento el periodista del diario «La Nación», cuando habló del libro que le dedicó a la causa Cuadernos. Cabot no mostró algunas incoherencias en su relato, toda su exposición fue una colección de contradicciones; de palabras inconsistentes que negaban la verdad inicial con la que pretende condenar a Cristina.
Su supuesta investigación periodística sobre las coimas del kichnerismo a los contratistas de obra pública, es la madre de este juicio y la inexistencia de una sola prueba, lo sentó simbólicamente en el banquillo de los acusados.
Los integrantes del Tribunal Oral Federal 7, estaban frente al origen de la causa y lejos de irse con las manos vacías de esta audiencia histórica, supieron de primera mano que todo fue parte del lawfare macrista para lograr la proscripción eterna de Cristina.
Cabot es un abogado de memoria frágil. No recordó en aquel 2017, que cuando se hace una denuncia, siempre se la deja en la mesa de entradas de la Cámara Federal, para que a través de sorteo caiga en manos de un juez. El camino que según él recorrió la historia, fue llevarsela al fiscal Stornelli, para que después aterrice casualmente en el despacho de Bonadio.
Prohibido olvidar, que el hijo del Teniente Coronel Atilio Stornelli, el interventor de Radio Belgrano en la última dictadura, armó «Cuadernos» con los «Gloria» de Oscar Centeno, el chofer que supuestamente los escribió y que fue suboficial del Arma de Ingenieros del Ejército, que estaba a cargo de Stornelli padre.
No quitar de nuestra memoria, que aquellos cuadernos que se quemaron reaparecieron milagrosamente, igual que el pastor chaqueño amigo de Milei convirtió los pesos en dólares. Que hay tachaduras celestiales y que apareció más de una letra en el escrito con el que pretenden sepultar a los mejores años del pueblo argentino, desde el regreso de la democracia en el 83.
Tampoco borrar del disco rígido, que Stornelli fiscal desde el 93, ministro de Seguridad de Scioli, integró la Comisión de Seguridad del Boca de Macri, fue socio del falso abogado Marcelo D’Alessio en una red de extorsión y espionaje ilegal y armó causas por intento de golpe de Estado, durante la presidencia de Milei, a todos los que protesten contra el rey.
La verdad no está tan lejos. Hace falta un poquito de coraje para recuperarla de su encierro al que la condenaron, un juez corrupto, un fiscal que es parte de la derecha local, un chofer que mienta por unos pesos y un periodista de «La Nación», que mienta más que Bartolomé Mitre.
Editorial de Gustavo Campana del jueves 7 de mayo, en «La mañana de la 750» (Víctor Hugo Morales).

