Cuando los soldados regresaron, la dictadura deshilachada les exigió silencio. No hablar con la prensa, ni con la familia. No hablar con nadie. Una intimidación preventiva que buscaba guardar la verdad bajo siete llaves, mientras los militares organizaban la fuga.
Violar esa “promesa”, podía implicar la formación de un Consejo de Guerra. Volvieron y el comité de bienvenida, fue una amenaza.
Lo sucedido en el sur, no debía llegar a la población. Necesitaban impedir que los partidos políticos capitalicen el dolor en descrédito, ante su inminente retorno a la Rosada y al Parlamento. Que no se genere un espíritu colectivo de resentimiento e indignación en la civilidad.
Amparadas en un poder que ya no tenían, las Fuerzas Armadas ordenaban tapar el sol con un dedo y enterrar la historia. Los dueños de la vida y de la muerte, ya no podían disimular la caricatura en la que se habían convertido.
Los excombatientes de Ejército regresaron Campo de Mayo, a dependencias de las escuelas General Lemos y Sargento Cabral. Los conscriptos de la Armada pasaron en su mayoría por Puerto Belgrano. Ambitos militares prohibidos para madres, padres, familiares, novias, amigos o cualquier argentino que quisiera abrazarlos. Regresaron a la “vida militar” para someterlos al engorde que les cambie el semblante. A la incomunicación a la que los habían condenado, los uniformados la habían bautizado “centro de recuperación”, en los que “inflaban” a los desnutridos con toneladas de hidratos de carbono.
En casi todos los casos, el ingreso al cuartel fue de noche y por la puerta trasera. Durante días, los civiles gritaban desde los portones de las guarniciones, los nombres de los que no sabían si estaban con vida. Nadie contestaba.
Ninguno de los soldados fue recibido por la contención psicológica que requiere semejante choque de frente con lo peor de la condición humana. Los esperaron agentes de inteligencia, para llenar las llamadas “actas de recepción”.
Los militares armaron fichas más frías que los días en Malvinas, en las que aparecía un escueto informe psicofísico sobre cómo llegaron al continente: pie de trinchera, desnutrición, castigos corporales, tormentos, estaqueamientos y enterramiento en fosas, eran marcas en la piel que eludían los papeles.
Había que maquillar la perversidad de todos los jefes que reprodujeron en el escenario bélico, las únicas prácticas que traían de los campos de concentración de la dictadura.
Seis días antes del fin de la rendición, Inteligencia del Ejército recomendó: “Realizar actividades de contrainteligencia y acción psicológica entre los heridos y enfermos” para contener la difusión de su situación a su regreso. El texto hablaba de ejecutar “tareas de contrainteligencia local o acción psicológica individual para reafirmar conceptos. La instrucción de contrainteligencia se podrá impartir desde la internación del herido y/o enfermo, lo que permitirá que se tome conciencia de la importancia de la misma, a la vez que mediante registros firmados por los causantes se podrá ejercer un mayor control para evitar la fuga de información”.
Ni siquiera sistematizaron la responsabilidad de informar las muertes, dato que en muchos casos fue acercado a los seres queridos de los caídos en combate, por los excombatientes. Los que tenían que volver a sus provincias lo hicieron sin un peso en el bolsillo, muchas veces “haciendo dedo” en las rutas.
Rápidamente empezaba una nueva batalla para los sobrevivientes. En otro territorio, lejos de la turba, sin trincheras, ni enemigos armados…, pero tan difícil como aquella.
Uno de los últimos actos del terrorismo de Estado, fue la estrategia de invisibilización de los colimbas en el territorio. El resultado del “aislamiento”, les permitió comprar tiempo para escapar de la responsabilidad de las heridas del pasado reciente. Ganaron impunidad. Quizás, la gran victoria militar en Malvinas» (Fragmento de «Malvinas 1982: La cuarta guerra contra el imperio británico»).

