Empezando por Martínez de Hoz y terminando por Caputo, la excusa de la derecha local siempre fue la misma, pero el resultado ruinoso de la experiencia repetida también. El ingreso de productos importados a bajo precio, según la Biblia neoliberal, mejoraría el bolsillo de los argentinos y paralelamente obligaría a los productores locales, a iniciar un proceso de competencia por igual calidad a menor costo. Sin embargo, esos períodos siempre generaron cierre de empresas, desocupación y generalmente, entraron baratos y se vendieron caros.
Esta mecánica que generaron cuatro industricidios en 50 años, convirtieron al fabricante en un importador que invirtiendo muchísimo menos que encendiendo las máquinas, terminó ganando más. Mientras tanto, decenas de miles de obreros se quedaron sin línea de producción y su regreso al mercado laboral, es incierto para los jóvenes e imposible para los veteranos.
El Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas, demostró que las importaciones de la era Milei no beneficiaron a los consumidores, porque de la mano de la especulación nacional, terminaron pagando más caros que en otros países del mundo, una larga lista de productos extranjeros.
La estrategia del importador-estafador, es no resignar rentabilidad. De esta manera el que ya no levanta la persiana todos los días, porque se convirtió en un experto aduanero, sostiene en góndolas y vidrieras, márgenes brutos de ganancia muy elevados; imposibles de ser imaginados cuando era fabricante.
Lumilagro es uno de los grandes ejemplos. Un termo con costo de importación de 8.178 pesos, se vende a 44.000. El importador gana 5,4 veces más.
Para Essen, una cacerola con costo de importación de 50.055 pesos se ofrece a 384.000. Ganancia 7,7 veces más.
En Easy, una silla plegable con costo de importación de 4.230 pesos se vende a 32.000. 7,6 veces más.
Adidas importa zapatillas a costo cercano a los 27.000 pesos y las comercializa a 100.000: 3,7 veces más.
La apertura importadora aceleró el desplazamiento de la producción local y habilitó un esquema en el que grandes firmas reemplazan actividad industrial por importación y comercialización, pero con altísimos márgenes. Consolida una forma de rentabilidad, basada en producir cada vez menos, importar y ganar cada vez más.
El año pasado, la economía argentina malherida, destinó 73.872 millones de dólares a la compra de bienes en el exterior, pero en el primer trimestre de este año, el sistema comenzó a fatigarse. Existe en galpones fiscales, el mayor stock de importados de los últimos 30 años, porque el impacto de la caída del consumo ahora también abarca al «made in China».
En la actual fase del proyecto de colonia, la especulación financiera y la fuga de capitales del 10% de la población, son las dos grandes fiestas que no se apagan. Todo lo demás comienza a mostrar postales de fin de ciclo. Una despedida del fracaso económico que no se cansan de reiterar, acompañada por un nivel altísimo de corrupción.
Solo esperamos y con poca fe, que el final no repita impunidad para el capital y deudas para el pueblo argentino.
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