Pakistán le dio una mano a Trump, para encontrar la puerta de salida. Hacía un rato largo que estaba perdido en su laberinto, escondiendo fotos de Epstein, soñando con deportar inmigrantes y escuchando voces que le sugerían aplazar las elecciones de noviembre.
El presidente de Estados Unidos, el rey de la ultraderecha planetaria, desnudó su fragilidad después de mil amenazas incumplidas y redujo su liderazgo a una secta mucho más fundamentalista que el régimen que decía combatir. Puso al mundo al borde del precipicio, terminó construyendo una silenciosa victoria iraní, consolidó el poder de los ayatolas y dejó el liderazgo del mundo comercial en manos de China.
Trump tuvo más de un motín a bordo, que frenaron su velocidad irracionalidad y sintetizaron su presente desteñido. Renunció su jefe del Ejército, porque se negó a cumplir con «órdenes ilegales» y los oficiales de la marina, mandaron tapar los inodoros del portaviones «Gerald Ford», para sacarlo de circulación y detener su avance suicida. El país que está visitando el lado oscuro de la luna, de pronto no tenía un plomero para que su nave insignia se meta en el estrecho…
La vieja idea de un Departamento de Estado que planifica a 100 años su vocación imperial, terminó en manos de una loca improvisación constante y ante una política exterior sin brújula, el autopercibido país dueño de los cinco continentes, quedó en manos de un bocón apocalítico intentando acobardar al resto. Y aunque hace un rato largo que Europa no lo respeta, el Viejo Continente no tiene ni misiles y solo cuenta con el coraje de algunos para decirle «basta».
Trump gastó un porcentaje altísimo de su arsenal militar y por primera vez en mucho tiempo, la Casa Blanca es la sede de una potencia vulnerable ante enemigos de su tamaño.
El mismo presidente que imploró por el Nobel de la Paz, terminó perdiendo en una guerra absurda, todo el prestigio internacional que vivía en su imaginación. Aquella promesa de acabar con las «guerras eternas», estuvo a punto de convertirse en una batalla infinita. Y prohibido olvidar que armó una ONU paralela, para que países sin peso en ninguna decisión global, jugaran como su comparsa a cambio de una lapicera.
En el futuro inmediato y aunque para muchas vidas sea demasiado tarde, seguramente pagará un enorme costo político por haber desatado una locura de destrucción y muerte. El proyecto hitleriano del republicano, se cansó de multiplicar «crímenes de guerra» en 39 días, en nombre de su lucha contra el terrorismo iraní; pero a la hora de aceptar una tregua por dos semanas, la única palabra que apareció fue «petróleo». De pronto, quedó para otra oportunidad el fin de la «tiranía teocrática» y la amenaza nuclear en la que Washington convirtió a Teherán.
No habrá condenas para el «hombre naranja» en un tribunal internacional por atacar infraestructura civil, bombardear colegios y hospitales junto con Israel. Ante esa impunidad, su necesidad urgente por curar una imagen muy gastada, quizás lo lleve a la agenda de invasiones que dejó pendiente después de secuestrar a Maduro.
En síntesis, el mundo ante consignas peligrosamente naturalizadas, admitió que el «aniquilamiento de toda una civilización», puede esperar 14 días. En ese lapso, Teherán abrirá las puertas del estrecho de Ormuz, aunque prometió misiles que si «el enemigo comete el más mínimo error».
PD: Somos socios de este catálogo de lo peor de la condición humana. Milei encadenó a la Argentina a los caprichos desaforados de un hombre que jugó a ser Dios. Esa cadena no se rompe y el mismo Trump que el año pasado ganó la elección que el libertario ya había perdido, ahora se encargará de un altísimo porcentaje de su final. El resto, ya lo hizo Milei…

