Como antes la última dictadura, el menemismo y el macrismo, el proyecto Milei apunta por cuarta vez en el último medio siglo argentino, a la profundización de la NO DISTRIBUCION de la riqueza. A poco más de una década del 51% del PBI para los trabajadores, en el balance final de Cristina, los datos del INDEC sobre el cuarto trimestre de 2025, muestran la cruel solidez de la desigualdad estructural. Los asalariados viven peor que hace 10 años y los pobres que rozan la marginalidad, ya conocen el infierno.
En la recta final del año pasado, el abismo entre el 10% más rico y el 10% más pobre de la población, se mantuvo intacto respecto a 2024.
El sector de mayor poder adquisitivo, es 13 veces poderoso que el más indefenso.
Los números del INDEC intervenido por Caputo, desautorizan al guión ficcional del presidente que imaginariamente sacó a 15 millones de seres humanos de la pobreza. Esa cifra tan monumental como mentirosa, sobre 47 millones de habitantes tendría tal estatura si fuera cierta, que hubiera obligado a revertir aunque sea mínimamente, algunos indicadores. Sin embargo, la matriz conservadora de concentración del ingreso goza de muy buena salud. Todo se lo llevan los sectores que históricamente, comieron del privilegio construido con las necesidades de millones. El 10% más rico concentra el 32,3% del total de los ingresos, mientras que el 10% más pobre, apenas accede al 1,8%.
El ingreso promedio de la población ocupada fue de 1.068.540 pesos, pero la media se ubicó en 800.000; por lo tanto, la mitad de los trabajadores gana menos que ese valor, lo que evidencia la victoria de la concentración en los niveles más altos. Es un genocidio silencioso, una especie de limpieza étnica invisible.
Los sueldos continúan siendo muchísimo más elevados, entre los trabajadores formales que en los informales. Los registrados tienen un ingreso promedio de 1.321.000 pesos, mientras que los informales perciben poco más de 651.000. La precarización es el factor clave de la desigualdad programada por la patronal: paga la mitad, por igual trabajo, a los que mañana no podrán acceder al beneficio jubilatorio y serán acusados por la clase media de no tener los aportes que les robó el empleador.
Los salarios más bajos, rondan los 392 mil pesos (apenas 40 mil pesos por encima de del salario mínimo), muy lejos de los 2 millones y medio que reciben en promedio los sectores más altos.
Y por último, el rol negativo que juega la brecha de género. Los varones registran un ingreso promedio de 1.191.364 pesos, mientras que las mujeres perciben 838.336.
Si le sumamos a este balance del INDEC, los números del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica, la postal es mucho más clara: el 50% de los hogares tienen ingresos per cápita, menores a 500 mil pesos y casi el 80%, tiene ingresos per cápita menores a 800 mil.
La desigualdad tan profunda sostenida en el tiempo, es devastadora. Para llegar a esa distancia abismal, hay poco más de una década de construcción neoliberal, que fue limando el reparto entre los que más necesitan. La base de la pirámide hoy no puede abastecerse de lo básico para subsistir, mientras los que siguen comprando lanchas o paseando por el mundo con dólar subsidiado, viven en otro planeta.
Editorial de Gustavo Campana del martes 7 de abril, en «La mañana de la 750» (Víctor Hugo Morales).

