La CGT de los Argentinos planteaba a fines de la década del 60, ante la traición vandorista, que eran indispensables “sindicatos con honra”; pero que si no había espacio para la lealtad en la vida gremial, era preferible la “honra sin sindicatos”.
En su carta del 5 de abril de 1968, Perón le planteó a Raimundo Ongaro, que el movimiento tenía la necesidad de “discernir con claridad, entre los que sirven y los que son solo simuladores que no persiguen otro fin que sus intereses personales, en procura de una riqueza tan infamante como sus procedimientos. Hay una virtud contra la que el dirigente no puede delinquir: la lealtad que debe a la base. Y cuando olvidando la misión que ha recibido y traicionando sus deberes esenciales, se lanza a la conquista del dinero, poco tarda en quedar destruido por sus propios malos procedimientos. Una cosa es la habilidad en la dirección y otra muy distinta el procedimiento tortuoso con fines inconfesables. Como una cosa es el error o la incapacidad y otra muy distinta la mala intención, obediente a mezquinos intereses. De todo se ha visto en esta oportunidad, pero no es difícil diferenciar los que puedan haberse equivocado, de los que están en otra cosa muy distinta.
El tiempo será el mejor juez y el mejor testigo porque las infamias pueden cometerse: lo difícil es borrarlas. Llegará un día en que cada uno deba rendir cuentas de sus acciones. Mientras tanto responderán ante su conciencia. Le ruego salude a los compañeros”.
Rodolfo Walsh decía que aquella central obrera que enfrentaba el sueño del poder eterno, que desvelaba al Gral. Onganía, enfrentó a burócratas de “conducciones claudicanes, envejecidos en la táctica” y aguantó “todas las amenazas y seducciones, hasta el sacrificio”.
El 27 de junio del 68, Perón volvió a escribirle desde Madrid, al conductor de la CGT de los Argentinos: “Es indudable que la inacción suicida que caracterizó a la etapa anterior, como consecuencia de la descomposición moral de un numeroso grupo de dirigentes sindicales que, en vez de cumplir con su misión, se dedicaron a especular desdorosamente con su cargo, ha sido la causa que más ha gravitado en el desastre de la conducción de la Clase Trabajadora y, en consecuencia, el remedio no puede ser otro que reemplazar a esos dirigentes con hombres que vuelvan por las virtudes esenciales, sin las cuales es imposible toda actividad constructiva. Sin la intervención de la masa, convenientemente conducida por dirigentes prestigiosos, ninguna lucha en el campo sindical puede llegar a nada, como no sea el desánimo y la resignación que en los momentos actuales representan el desastre. De la frustración sólo se puede salir mediante la acción decidida de dirigentes que, poseyendo las virtudes esenciales, sean capaces de movilizar la masa y lanzarla a la lucha con la firme voluntad de vencer”.

