Después de la Segunda Guerra Mundial, los que nacieron entre las bombas y el hambre, se ensamblaron con los sobrevivientes de los viejos sueños. De esa mixtura, resultó un protagonista colectivo que ya no entendería a la paz divorciada de la justicia. La resistencia veterana junto a los sueños revolucionarios de estreno, rejuvenecieron la esperanza en el marco de una interminable batalla inconclusa. La nueva ilusión colectiva, se moldeó en la arcilla de la impostergable organización sindical de finales del siglo XIX, la revolución del 17, la entrega de las brigadas internacionales contra el fascismo español y la oposición al nazismo.
Entre finales de la década del 50 y mediados de los 70, el planeta fue semilla con Revolución cubana, el Concilio Vaticano II, la independencia de las colonias europeas africanas, la victoria vietnamita, el Mayo francés, el Black Power, la vía chilena hacia el socialismo, Torrijos y Velasco Alvarado.
En la Argentina de la proscripción de la mayoría, la represión y la cárcel, Perón la bautizó desde el exilio a la cadena de transmisión para asegurar la conservación del modelo de país, «trasvasamiento generacional». Una sesión hereditaria que siempre parió lo nuevo, desde el «volveré y seré millones» de Tupac Amarú al San Martín de «un día se sabrá que esta patria fue liberada, por los pobres y los hijos de los pobres».
Los que habían derrotado a la utopía en octubre del 45, eran el resultado del eterno mandato de liberación con el que la patria triunfó en la guerra por la independencia americana, el grito de los caudillos federales, la militancia gremial que construyeron anarquistas y socialistas, el pensamiento nacional de FORJA y la irrupción en escena del peronismo.
Ningún sujeto político era fruto de la casualidad. Las grandes mayorías tenían conciencia de clase, porque hasta ese momento no existía ningún aparato comunicacional capaz de desclazarlos. El pueblo era el presente del pasado.
La muerte había regresado quirúrgicamente para intentar apagar el fuego, desde Malcon X al Che, desde Mugica a Ortega Peña y fue estirando los límites de la crueldad con matanzas como la de Tlatelolco y los fusilamientos de Trelew. A partir del desembarco del neoliberalismo en América latina, con el golpe de Estado que terminó con la vida de Salvador Allende, la región se transformó en el reino del terrorismo de Estado y Argentina padeció su genocidio contemporáneo. Con el proyecto Kissinger autorizando campos de concentración y desaparición de personas, en el sur regresó la división internacional del trabajo y pusieron fin de la línea de producción.
Hace medio siglo comenzaron a crecer entre nosotros, las generaciones políticamente vacías e indefensas. Apareció el analfabeto político de Bertolt Brecht («se enorgullece y saca pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia nace el político delincuente, canalla, corrupto y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales»).
Como dijo en 1977 el contraalmirante Bardi, primer ministro de Bienestar Social y Salud de Videla, el problema de la juventud argentina, era «el exceso de pensamiento». Para atacar ese flagelo, el discurso único del «poder real», comenzó a tramitarse a través de los cuatro canales televisivos, todo el dial radial, los diarios de «Papel Prensa», los semanarios de Atlántida y las campañas de Burson Marstaller.
Hoy los nietos de esa primera camada de la Argentina despolitizada, individualista, colonial, incapaz de reconocer a su enemigo, es la tierra más fértil, para los medios de comunicación hegemónicos. Es funcional al periodismo que invita a millones de asalariados a subsidiar la transferencia de recursos más vil, al capital concentrado.
Es carne de cañon para las redes sociales que se pronuncian como manual de instrucciones racista, misógeno y xenófogo.
Nunca fue al revés, nunca el mensaje fue una pócima mágica capaz de modificar conciencias. Primero construyeron al ser permeable y después escribieron el manual de estilo para esclavos que se autoperciben dueño del algodonal.
En este país con pronóstico reservado, parece que la palabra igualdad cobrará sentido para los desterrados del sistema laboral, cuando a los que están adentro los expulsen a la banquina y no cuando los estafados recuperen la dignidad. Se abren las puertas de un ciclo de autodestrucción, donde los trabajadores precarizados necesitan que todos lo sean, para sentir que existe «justicia». Algo así como alcanzar la felicidad, cuando nadie tenga las vacaciones que me faltan, la cobertura médica que no tengo, la jubilación que nadie me asegura y la indemnización que el patrón no quiere pagar.
A este experimento le contaron que un derecho, es un privilegio y que su organización sindical es una «casta» que le come libertades. No percibe las consecuencias de la explotación patronal, pero siente como una afrenta imperdonable que el vecino tenga trabajo y recibo de sueldo.
La batalla cultural colocó la culpa de todos los males nacionales en el eslabón más frágil de la cadena. Instalaron un «Síndrome de Estocolmo» argento y el victimario maneja a control remoto a los desamparados políticos, que ya entregaron patria por migas de pan.
Imaginemos que en 1973, existían los celulares y las redes. Y un adolescente que acababa de cerrar «Las venas abiertas de América latina», recibía una cadena de TikToks libertaria militando prosperidad de cartón; asegurando que el derroche de felicidad de la minoría, derramará cada tanto una mueca parecida a una sonrisa en millones de pobres. Y vamos a enteder, por qué los mensajes del presente, juegan sin marca en el área chica de la ignorancia política.
El neoliberalismo no es para ellos un sistema incompatible con la democracia. No lo perciben como una doctrina económica basada en la no distribución de la riqueza, ni la califican como una filosofía que amenaza de muerte al espíritu del sistema, ni como un proyecto de sometimiento social que nunca cierra sin represión. No la leen, ni la escuchan, como una declaración de guerra a la República.
Creyeron en «la luz al final del túnel», en «los brotes verdes», en la «reconversión» industrial, en la cerveza artesanal, en «deuda se paga con deuda», el ajuste permanente llamado “sinceramiento». Los inocularon con que la flexibilización laboral es para «bajar el costo argentino», que «nada de lo que deba ser estatal, tiene que permanecer en manos del Estado», «en estamos mal, pero vamos bien» y confían en los tarifazos impiadosos «para que haya más energía».
Nada será simple, pero el río volverá a su cauce. Habrá sufrimiento de máxima pureza, pero estos procesos de involución mueren de muerte natural. Y en ese momento, sacándonos el polvo del derrumbe de los hombros y caminando entre los escombros del terremoto capitalista; nos pondremos de pie. Simplemente porque «la Patria dejará de ser colonia o la bandera flameará sobre sus ruinas».
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