Los gestos son palabras y nunca juegan como guiños cómplices al pasado, sin peso político en el presente. Los símbolos históricos, son mandatos que resumen en una imagen o en un recuerdo, millones de frases que le hablan al futuro.
Para ser «granadero honorífico», por lo menos no hay que llamar «Juan José», al padre de la patria. Para recibir la «Orden Ecuestre Militar de los Caballeros Granaderos de los Andes», no habría que entregarse a los brazos de ninguna potencia extranjera, ni ser presidente del club de fans de Margaret Thatcher.
Para integrar el glorioso Regimiento que ganó buena parte de la Guerra por la Independencia, no sería conveniente escuchar órdenes del Fondo Monetario Internacional. Para recibir el grado de Gran Oficial, no hay que regalar Malvinas, ni el Atlántico Sur, ni la Antártida.
En el juego de las coincidencias entre Rivadavia y Milei, algunas cosas resultan asombrosas y en primer lugar, aparece una desmesurada admiración por el imperio Británico. Bernardino firmó con Londres en 1825, el “Tratado de Amistad, Comercio y Navegación” y de esa manera nos dejo en manos de la estrategia de George Canning, que proponía cambiar el formato de la invasión a América latina: abandonar las armas y llevar a cabo una dominación comercial, más efectiva y mucho más barata.
En octubre del año pasado, el libertario como continuidad histórica de «la avenida más larga del mundo», le regaló el balcón a Boris Johnson (un defensor a ultranza de la ocupación británica de Puerto Argentino), para que salude a los aplausos neoliberales que le dieron la bienvenida a Buenos Aires.
Y por último, uno fue el creador de la deuda externa en 1824, con el empréstito de la Baring y el Presidente actual ya se anotó en la larga lista de entregadores de la Argentina que odian, hipotecando a generaciones con los dólares que gestionó Trump.Cuando en 1826 volvieron 78 de los cinco mil granaderos que habían cruzado los Andes y liberaron gran parte de América, Rivadavia terminó con el eje simbólico de soberanía e independencia que representaba el uniforme sanmartiniano, reduciendo su gloria a escolta presidencial y custodio de los restos del general.
Milei pisotea la memoria de negros, mestizos, mulatos y originarios que liberaron Chile y Perú a las órdenes del hombre que murió en el exilio; curiosamente expulsado de la patria por aquel Rivadavia que hijo de esclava, sentía vergüenza por su africanía.
El Topo no puede ser «granadero honorífico», si cada 16 de abril desde que llegó a la Casa Rosada, su Gobierno rinde homenaje al comienzo de la Conquista del Desierto de Roca; que según los comunicados oficiales, «avanzó hacia el sur del país, con el objetivo de extender el territorio nacional, civilizar y pacificar». San Martín le pidió permiso a los caciques pehuenches y araucanos, a quienes se dirigía como «mis paisanos los indios», para pisar sus tierras sagradas en el cruce de la cordillera. El General creó una red de espionaje con los originarios, para armar una operación basada en noticias falsas que le llegaban a los españoles, una página épica que el archivo custodia como la «Guerra de Zapa».
El Presidente que sueña con militarizar la vida cotidiana de los argentinos, utilizando a las Fuerzas Armadas para reprimir a los que pidan pan y trabajo, no puede integrar, aunque sea simbólicamente, el Regimiento que le pertenece a un hombre que dijo: «Jamás derramaré la sangre de mis compatriotas y solo desenvainaré mi espada contra los enemigos de la independencia sudamericana».
Para cerrar el círculo que abrimos con «los gestos son palabras» y «los símbolos son mandatos de la historia»; por estos días los mucamos de Milei en los medios de comunicación, arrancaron una campaña de desprestigio a la frase «Nadie se salva solo».
«Las fuerzas del cielo», como un Grupo de Tareas ideológico, ahora van por Oesterheld y por Juan Salvo; van por sus cuatro hijas y sus dos nietos desaparecidos. Resulta que el «héroe colectivo», es agenda «woke».
Recomendamos entonces, que escriban su propio «Eternauta», una versión liberal para la salvación individual. Un hombre que ante una invasión extraterreste, cuyo objetivo es terminar con la vida en la tierra, no reparte alimentos en los comedores, le quita medicamentos oncológicos a los enfermos de cáncer, le saca subsidios a los discapacitados, le apunta al Garrahan y al Bonaparte, los miércoles le pega a los jubilados, congela las paritarias, destruye la industria y el trabajo y termina con el consumo de leche y carne en el país de las vacas.
En realidad no podrían hacer su versión odiadora de la defensa de la solidaridad, simplemente porque los que gobiernan a la Argentina 2025, son cascarudos como ejército de ocupación de un país que creen de mierda.


