La restructuración de deuda de los gobiernos kirchneristas (2005 y 2010), fue una declaración de guerra a los centros financieros globales. A partir de ese momento, el problema no se traduciría exclusivamente en dólares. El enfrentamiento pasó a ser estrictamente político y la deuda, se convirtió en una millonaria excusa para encarar esa discusión.
Septiembre 2003. Argentina tenía que presentar la oferta en Dubai. Los números que su equipo económico expuso en Olivos, eran impagables para Néstor. El presidente pedía una quita que de prosperar, se iba a transformar en la más alta de la historia.
Antes de viajar, Guillermo Nielsen (secretario de Finanzas del Ministerio de Economía y Producción entre 2002 y 2005), dijo no. Estaba seguro que la propuesta del Ejecutivo, tenía destino de fracaso mayúsculo: “Yo no voy, porque me van a sacar a patadas”. La respuesta de la política a la economía, puso las cosas en su lugar: “Es mejor que te saquen a vos solo a las patadas de allá y no que nos saquen a todos a las patadas de acá”.
El 12 de septiembre, el ministro de Economía declaró a los bonistas argentinos: “Ahora va a haber caras largas en todos los idiomas”.
Finalmente Lavagna-Nielsen fueron los encargados de plantear el 22 de septiembre de 2003 en los Emiratos Arabes, que Argentina ofrecía una quita de 75% a los acreedores, para los bonos en default. Informaron que será la Argentina y no un banco de inversión, quien detentará la coordinación global del proceso de reestructuración de deuda. «La República Argentina asumirá el rol de coordinador global y bajo esa coordinación, se creará un sindicato de bancos para el cual se invitará a doce instituciones financieras líderes en colocación de títulos de deuda emergentes», explicó Lavagna.
En Dubai, los representantes del Gobierno plantearon que Argentina contratará a cuatro entidades financieras, que serán las encargas de llevar adelante las negociaciones en cada una de las regiones en las que hay tenedores de bonos. Pero anunciaron que recién el 20 de octubre, presentarán a los nombres de los bancos elegidos.
A partir de ese momento, las reuniones del equipo con más de 150 asambleas de bonistas se sucedieron en Buenos Aires, Boston, Nueva York, Miami, Zurich, Roma, Milán, Verona, Frankfurt, Lugano, Ginebra, Amsterdam, París, Londres y Tokio.
En junio de 2004, el Gobierno argentino ablandó su propuesta inicial y se plantó en una quita de casi 61 mil millones de dólares.
A fines de noviembre de 2004, el canje sufrió un golpe durísimo. La oferta argentina se quedó sin el Bank of New York encargado de realizar la recepción de los títulos viejos para asignar los nuevos en los mercados externos. Lavagna leyó que el trabajo había fracasado, cuando faltaban 10 días para cerrar la operación. “Seguí adelante”, le dijo Néstor Kirchner, desde Costa Rica. En realidad, se trataba de un apriete para mejorar la oferta. La lista de operadores, la encabezaban Charles Dallara, ex ejecutivo de JP Morgan; Jacques de Larosiere, ex director gerente del Fondo Monetario Internacional y William Rhodes, cerebro del Citibank.
Un año y medio después, el 3 de marzo de 2005, la propuesta argentina de reestructuración de deuda alcanzó una adhesión al canje del 76,07% y terminó con 38 meses de default.
El 23 de mayo, la Justicia de Nueva York concretó el levantamiento de un embargo por 7 mil millones de dólares, se entregaron bonos nuevos en lugar de los defaulteados y se destrabó el canje de la deuda. El país debía 191 mil millones de dólares y con quita superior a los 67.000 millones, pasó a deber casi 125.300.
La renegociación total fue por 81.800 millones de dólares y un 23,93% de los bonistas no ingresó a la operación.
Pese a los pronósticos del staff de gurúes del mercado, la Argentina comenzaba a normalizar su indomable situación financiera internacional. La deuda se reducía al 72% del Producto Bruto y antes equivalía al 113%. En diciembre de 2001 el país pagaba 10.000 millones de dólares anuales en concepto de intereses y ahora pasaba a abonar unos 3.000 millones cada 12 meses.
El dato político, fue tan fuerte como el económico. Salón Blanco de Casa de Gobierno, con todo el gabinete nacional, algunos gobernadores, representantes de las principales cámaras empresarias y sindicalistas. Pero en primera fina junto a Cristina, el dato central fue el aval a la negociación del ex presidente Raúl Alfonsín, a quien citó dos veces en su discurso. Primero buscando complicidad del radical a la hora de hablar de la oposición modo máquina de impedir (“Es fácil refugiarse en la crítica, augurar el fracaso y hablar mal del Gobierno y su propuesta. Bien lo sabrá el Doctor Alfonsín también”) y luego para agradecerle la manito que le dio en el Parlamento, cuando la propuesta pasó por el Congreso (“Un gesto que lo ennoblece, un gesto que la Argentina tiene que empezar a rescatar y él con toda su experiencia lo aportó en un momento difícil, muy difícil, donde seguramente tenía mucho más para perder políticamente que para ganar. Pero lo hizo”).
Atrás había quedado la omisión a Don Raúl en la ex ESMA, cuando Néstor pidió perdón en nombre del Estado por su ausencia de dos décadas, ante las violaciones a los derechos humanos de la última dictadura. Un llamado por teléfono y el pedido de disculpas por omitir a la CONADEP y el Juicio a las ex Juntas Militares, acercó a las partes y posibilitó la presencia del ex presidente en la Rosada.
La gran página de la batalla cultural que Néstor escribió ese día, se la dedicó a los que operaron la caída del canje. Recurrió a archivos periodísticos, puso frente al espejo a los economistas del establishment y consumado el combate, el presidente confesó: «Me recomendaron todo el día que no dijera esto».
Los comentarios más lapidarios, lo mostraban como un patotero político sin manejo económico, que intentaba sacar adelante la negociación pateando puertas.
“El Presidente tiene que negociar seriamente y hasta ahora no lo ha hecho, de mantener esta postura no avanzamos nada. El gobierno tiene que mejorar la oferta porque el tema está mal planteado, con mala fe. La última propuesta no parece tener posibilidades de alcanzar los mínimos niveles de aceptación requeridos” (Manuel Solanet).
“El rumbo adoptado por el Gobierno inquieta a muchos analistas, porque hay un enfoque no ortodoxo en algunas áreas. Hay dudas por la autonomía monetaria, por el intervencionismo estatal y por un ambiente político que cada vez tiene menos contrapesos” (Mauro Leos).
“La visión internacional es que fue una acción política interna y que, en el mejor de los casos, la Argentina seguirá igual” (Claudio Loser).
“Se encuentra lejos de los valores que estarían dispuestos a aceptar los acreedores y era esperable que la propuesta argentina no encontrara una gran respuesta en el exterior” (José Luis Espert).
“Es un inmenso error. La Argentina queda en una situación de vulnerabilidad interna absolutamente innecesaria” (Elisa Carrió).
“La renegociación de la deuda no se hace con patoteadas. Se subestimó los aspectos operativos del canje de la deuda. Una de las debilidades, es que la actual oferta no tiene apoyo explícito ni del FMI ni del Grupo de los 7”, (Miguel Kiegel).
“Es una medida que no apunta a resolver ninguno de los problemas acuciantes que hoy vive la Argentina”, (Mauricio Macri).
“El plan para salir del default está equivocado” (Carlos Melconian).
“La negociación la veo muy mal, la Argentina está replicando el pasado como ocurrió en el caso de la guerra de las Malvinas (Jorge Avila).
“Cuando un país se queda con menos reservas es más vulnerable a los shocks externos y, por lo tanto, es más dependiente del Fondo, no menos”, aleccionó” (Rodolfo Terragno).
“Pautas equivocadas, como la de haber encarado las negociaciones en una óptica criolla” (Ricardo Estévez).
“Se ha hecho un show marketinero del pago, pero desde el punto de vista económico no cambia nada, porque el país se queda con un poco menos de plata y un poco menos de deuda” (Daniel Artana).
Primera gran victoria de Néstor, ante todo el arco liberal que logró sobrevivir a la implosión que generó en la derecha, el estrepitoso fracaso de la Alianza.
Fragmento de «No les tengo miedo», de Gustavo Campana

