18 de septiembre de 2006: Desaparición de Jorge Julio López

Ultimos días de junio de 2006. Jorge Julio López tenía 76 años. Sus recuerdos ante la Justicia fueron milimétricos, no dejaron ningún detalle en manos del olvido, 30 años después. Sobreviviente de cuatro centros clandestinos de detención, en los que actuó el ex comisario Miguel Osvaldo Etchecolatz, director de Investigaciones de la Policía Bonaerense de Ramón Camps. Albañil y militante de Montoneros, cuando lo secuestraron el 27 de octubre de 1976, en un operativo del que participan Etchecolatz y su chofer Hugo Guallama.

Primero lo llevaron a Cuatrerismo, en el Destacamento de Arana y “ahí nos picanean toda la noche. Etchecolatz no tenía compasión. El mismo iba y nos pateaba”. Luego lo trasladaron hasta el Pozo de Arana, en la Estancia La Armonía. López confirmó los gritos de Patricia Dell’Orto, 21 años y vio a monseñor Plaza, “con los hábitos”. “¿Por qué me trajo, padre? No me peguen más”, gritaba en la sesión de tortura. Ella depositó en Julio, un último mensaje antes de morir: “No me fallés, buscalos a mis padres y avisales dónde estuve. Dale un beso a mi hija”. López presenció el asesinato de Patricia y su marido Ambrosio De Marco, dos de los homicidios que se le imputaban a Etchecolatz: “Patricia nunca agarró un arma y estos asesinos la mataron sin piedad. El personalmente dirigió esa matanza”.
Contó como trasladaron al paraguayo Norberto Rodas y después se escuchó un disparo. “La sacan a Patricia, que gritaba: No me maten, quiero criar a mi nenita” y el segundo tiro. Después la ejecución de Ambrosio. López también dijo que en Arana vio a Francisco López Muntaner, uno de los desaparecidos de La Noche de los Lápices.
La tercera etapa de su calvario, fue la Comisaría quinta. Señaló que les dieron de comer y les tiraron una tableta de gamexane para desinfectarlos. Después la picana, controlada personalmente por Etchecolatz: “Dale, subile más, porque este gringo se me hizo el guapo con la otra máquina, que era a batería. A mí decime señor comisario. Ahora vas a ver”.
El último destino cuatro días antes de la Navidad de 1976, fue la Comisaría octava. El 4 de abril del ‘77 lo blanquearon en la cárcel de La Plata.

El 19 de septiembre de 2006, se conoció la sentencia por seis asesinatos, ocho secuestros y torturas. Fue la segunda condena por crímenes de la última dictadura después de la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final.
Cuando el presidente del Tribunal Oral Federal 1, Carlos Rozanski, dijo “Condenando a la pena de reclusión perpetua…”, la sala estalló. Los escudos de los guardias no pudieron impedir que algunas de las bombas de pintura roja, marcara al verdugo que en su defensa dijo: “Debo exponer en mi doble condición de prisionero de guerra y detenido político. Este juicio ha sido instalado como un rompecabezas para niños bobos o grandes avivados. Ustedes van a condenar a un enfermo. Como dijo Borges, ustedes no son el juez supremo, que nos espera después de muerto. No sé rendirme y después de muertos tendremos mucho que hablar”.
En 1986 fue sentenciado a 23 años de cárcel como responsable de 91 tormentos, pero las leyes de perdón, se encargaron se liberarlo.

Un día antes de la condena a Etchecolatz, Julio López desapareció por segunda vez, en la ciudad de La Plata. Esa mañana esperó a su sobrino Hugo Savegnago, para asistir al tribunal a escuchar los alegatos del juicio contra Etchecolatz. Pero López salió de su casa solo. La última persona que lo vio fue su vecino, Abel Horacio Ponce, en la calle 66, “entre la verdulería y el local de Edelap”.

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