En los ’80, la democracia, condicionada por la herencia maldita de la dictadura, agudizó las contradicciones entre utopías y medidas concretas de transformación. Para romper esa brecha tan ancha, había que confrontar con las corporaciones; un establishment que amenazó, de punta a punta al alfonsinismo, con quedarse con casi todas las porciones políticas y económicas de la torta.
En los primeros años de Gobierno radical, aparecieron tenues intenciones de rectificación de la política económica 1976-1983; pero el pesado condicionante de la deuda, la dolarización de gran parte de la economía cotidiana y la especulación de una “Patria financiera” decidida a resistir, dejaron casi todo en su lugar.
Sobre el final del primer mandato de la nueva democracia, apareció descarnada la descapitalización y el deterioro de las empresas del Estado. Con Rodolfo Terragno como ministro de Obras Públicas, el diccionario argentino recuperó la palabra “privatización”, la misma que había instalado Roberto Alemann al frente del Palacio de Hacienda de Galtieri, intentando pasar la gorra en pleno conflicto de Malvinas. En un manotazo de ahogado, el oficialismo buscó socios extranjeros para darles menos del 50% de las principales empresas públicas. Gestos que abrieron las puertas del futuro triunfo de grupos económicos de aquí, de allá y de todas partes, en tiempos de Carlitos.
Utilizando a la traición política como intermediaria, las corporaciones saquearon a la Argentina entre 1989 y 2001, sin necesidad de tanques en las calles, ni marchas militares encabezando cadenas nacionales.
Nuevamente el botín de guerra fue la industria nacional. Demonizaron al valor agregado como eje de una matriz económica basada en la sustitución de importaciones. Otra vez el poder real congeló la distribución de la riqueza y generó una colosal transferencia de recursos para quedarse con los salarios de los trabajadores.
La borrachera de privilegios de la última dictadura fue tan grande que, para el capitalismo local, aquel alfonsinismo, cercado y malherido por la pata civil del golpe, le parecía irrespirable. Impedirle a Alfonsín cumplir su sueño de entregarle, en tiempo y forma, la banda presidencial a otro ciudadano fue pura nostalgia del pasado cercano.
Primero, los apagones, después Tablada, luego la híper y más tarde los saqueos. La entrega anticipada del poder fue una victoria de los que rápidamente le encontraron la vuelta a dar golpes de Estado imperceptibles en plena democracia.
El voto peronista, que había confiado en Menem para salir del “no se puede”, no supo cuándo fue a las urnas que usaron su voluntad para cavar la fosa donde, por casi 14 años, quedaron sepultadas sus ilusiones. De pronto, el partido político que edificó el Estado moderno lo regalaba por monedas a su histórico enemigo. El Consenso de Washington daba las órdenes y palabras como derechos, independencia y soberanía abandonaron el diccionario por un tiempo demasiado largo.

