El 28 de enero del 91, Domingo Cavallo fue designado ministro de Economía. La Ley de Convertibilidad (23.928) fue sancionada por el Congreso el 27 de marzo. Estuvo vigente durante casi 11 años, desde el 1 de abril hasta su traumática derogación el 6 de enero de 2002.
La hija de la “tablita” del Proceso terminó de destrozar culturalmente la relación del trabajador y la clase media con su propia moneda. Estableció una convivencia cambiaria fija, entre los billetes nacionales y los estadounidenses, a razón de 1 dólar por cada 10.000 australes. Exigió, en primer lugar, la existencia de respaldo en reservas del circulante, por lo que se restringió al máximo la emisión monetaria.
Comenzó,de esta manera, la absurda era de la sobrevaluación del peso. El establishment le contó a la población que no había riesgos, que todo estaba controlado y la mentira de la ortodoxia enmascaró los riesgos. Millones de crédulos quedaron desarmados, frente a un Cavallo de discurso místico. El ministro invitaba a un nuevo “Síganme, que no los voy a defraudar” y mataba para siempre “salariazo” y “revolución productiva”.
La paridad del austral, y luego el peso, con el dólar desactivó la competitividad de la industria nacional e invitó al capital a multiplicar importaciones en detrimento de la producción local. El resultado final fue el índice de desocupación más grande de nuestra historia.
Con la Convertibilidad llegó el stand by número 14 del Fondo, para apuntalar el desfasaje dólar-austral: 1586 millones de dólares. El primer acuerdo de Facilidades Extendidas, entre Menem-Cavallo y el FMI, se concretó en 1992 y fue ampliado en 1995: 5400 millones de dólares.
En 1996 el Fondo otorgó el decimoquinto préstamo de su historia a la Argentina, por 1000 millones de dólares. El segundo acuerdo de Facilidades Extendidas apareció en 1998: 2800 millones de dólares.
El FMI como custodio del laboratorio neoliberal, metiendo la mano en su bolsillo y operando ante la banca internacional, para que la “generosidad” del sistema se convierta en la red de contención del 1 a 1.
Prescindir de la administración del tipo de cambio como la gran herramienta de gestión macroeconómica tuvo consecuencias demasiado previsibles.
“Mi compromiso es con los argentinos, a través de Ley de Convertibilidad, que como yo he dicho va a estar en vigencia por muchas décadas en la Argentina. Estamos inaugurando un período que yo calculo tendrá como mínimo seis décadas de estabilidad y de progreso, equivalentes a las que se dieron desde fines del siglo pasado hasta la gran recesión de los años ’30 y que esperamos, incluso, que no termine en una gran recesión como fue la del ‘30”, Domingo Cavallo y la predicción fallida, para pintar el futuro menos deseado. La crisis del final significó recesión y muerte en diciembre 2001.
Durante la década del ’90, la convertibilidad garantizó, a través de deuda externa, dólar barato para los especuladores, mientras el Estado facilitaba la fuga de divisas. El país, atado de pies y manos, se transformó en un enfermo terminal sin fecha de vencimiento. La falta de respuestas frente a una crisis de deuda, propia o ajena, nos condenó a un estado de vulnerabilidad extremo. Cuando el “Efecto Tequila” se llevó todo por delante, se generó una fuerte salida de capitales y un crudo aumento del desempleo. El último capítulo de la convertibilidad fue una agonía de cinco años intentando salvar a un incurable y comprometiendo, en ese proceso, los pocos recursos que quedaban. Durante toda la década del ‘90, la participación de los trabajadores descendió del 50 al 20%.
El plan económico, que arrancó en 1991, significó la prohibición de emisión monetaria. La apertura económica, que buscaba inocentemente reducir los precios internos, lo hizo a costa de la destrucción del aparato productivo y el salario de los trabajadores como variable de ajuste.
El incremento de la deuda externa pública pasó de los 59.000 millones de dólares de 1992 a los 154.000 de deuda pública nacional y provincial, a fines de la gestión de Fernando de La Rúa.
Fragmento de «Batalla inconclusa», de Gustavo Campana.

